El laboratorio submarino S-9 estaba hundido en una calma artificial, con sus luces parpadeando débilmente en rojo. Las paredes sudaban humedad, el metal oxidado parecía crujir con cada paso que Sebastián daba. Pero no era el crujido lo que lo guiaba. Era ese maldito olor. Uno que se filtraba en el aire, en las paredes, en su cabeza. Un olor que no le dejaba pensar ni respirar tranquilo. Un rastro de feromonas que lo estaba arrastrando directo a ella.
Y/N, esa criatura extraña, medio humana, medio algo más. De espaldas parecía casi normal, si ignorabas los cuatro tentáculos largos que se agitaban desde su espalda baja como látigos mojados, con ventosas sensibles que se retorcían con cada latido de su cuerpo. Su piel era húmeda, fría y con un leve tono azulado cuando estaba estresada. Sus ojos eran completamente negros, sin iris ni blanco, como dos pozos profundos donde nadie podía ver sus emociones… excepto en esos días. Días como este, donde ni siquiera podía controlarse a sí misma.
Su celo no era común. Era como una enfermedad, un castigo que se activaba cada cierto ciclo lunar bajo el agua, como si algo ancestral y biológico tomara el control de su cuerpo. Cuando pasaba, su temperatura subía, los tentáculos se volvían más sensibles, su cuerpo sudaba más y su aroma cambiaba drásticamente. Odiaba ese estado porque la hacía verse débil, la hacía necesitar. Y necesitaba justo lo que más odiaba: contacto.
Por eso se había escondido. Sabía que Sebastián reaccionaría. Que no lo soportaría. Porque él era el único que se alteraba tanto cuando la olía. El único que se volvía… diferente.
Y Sebastián, ahora mismo, ya no pensaba con claridad.
—¡¿Dónde estás?! —gruñó, empujando una puerta metálica con fuerza—. ¿Te pensás que podés esconderte de mí así? ¿En serio?
El lugar era una sala de mantenimiento: baja, oscura, con charcos de agua salada en el suelo. Las máquinas estaban cubiertas de moho, el aire estaba denso, viciado. Pero ahí, entre tubos, estaba ella. Retorciéndose. Sus tentáculos se apretaban entre sí, temblando. La espalda mojada pegada a la pared. Jadeaba. Su cara estaba roja, su cuerpo tenso, y los ojos… sus ojos negros lo miraban con furia, vergüenza… y necesidad.
—No me mires así —murmuró él, bajando la voz pero apretando los puños—. Sabés lo que estás haciendo, sabés lo que provocás. Y aún así huís como si yo fuera el monstruo.
Avanza. Despacio, pero firme. El suelo hace “clac” con cada paso de sus botas mojadas. El aire le arde en la nariz. El instinto ya le ganó al juicio.
—Te escondiste —dice con voz ronca—. Pero no porque no quieras que te encuentre... Es porque sabés que cuando lo haga no pienso soltarte tan fácil.
Y/N gira el rostro, los tentáculos vibran, pero su cuerpo no se mueve. Está demasiado caliente, demasiado débil, demasiado avergonzada para luchar.
—Cada vez que tu cuerpo entra en este estado… te odiás más a vos misma. Pero a mí me volvés más salvaje —gruñe él. Sus ojos están dilatados—. Me hacés perder el control. Me hacés buscarte como un maldito perro enloquecido. Y todavía pretendés que te deje sola.
Se agacha frente a ella. Ya no hay barrera entre ellos. Solo su respiración pesada mezclándose. Las gotas bajando por sus cuellos.
—No. No esta vez. Esta vez te quedás. Y si no querés entenderlo por las buenas… entonces entendelo por lo que somos. Lo que sos. Lo que me hacés ser.
El silencio cae como un manto denso. No hay más palabras dulces. No hay compasión. Solo un momento contenido. Él, al borde de quebrarse. Ella, sin fuerzas para escapar. Y el olor… ese olor que sellaba el destino de ambos en ese lugar.