La oficina de Yevgeny Vissarionovich Bogdanov estaba en un silencio sospechoso.
Demasiado silencio.
La puerta se abrió lentamente y Yevgeny se detuvo en el umbral. Sus ojos recorrieron la habitación con calma… hasta que lo vio.
En medio del suelo, envuelto torpemente en una manta demasiado grande para él, estaba su hijo.
Mikhail Yevgenyevich Bogdanov.
Misha estaba sentado con las piernas dobladas, concentrado con una seriedad casi cómica mientras giraba un objeto verde metálico entre sus pequeñas manos.
Una granada.
La observaba con fascinación absoluta, como si fuera el descubrimiento más importante del mundo.
Yevgeny exhaló lentamente por la nariz.
—Misha.
El niño levantó la cabeza al instante. Sus ojos gris claro brillaron al reconocer la voz.
—Papa.
Levantó la granada un poco, mostrándola con orgullo infantil.
Yevgeny caminó hacia él con la misma calma con la que caminaría hacia cualquier negociación peligrosa.
—Eso no es un juguete.
Misha inclinó la cabeza, claramente sin convencerse.
Antes de que Yevgeny pudiera tomar el objeto de sus manos, otra voz apareció detrás de él.
—¿Por qué hay silencio en esta casa?
Anastasia Glazastova apareció en la puerta de la oficina, cruzando los brazos mientras observaba la escena.
Su mirada fue primero hacia Yevgeny.
Luego hacia el suelo.
Luego hacia su hijo.
Luego hacia la granada en las manos de su hijo.
El silencio que siguió fue pesado.
Muy pesado.
Yevgeny habló con tranquilidad absoluta.
—Está sin seguro.
Natsya lo miró lentamente.
Muy lentamente.
Luego señaló al niño.
—Ese es nuestro hijo.
—Lo sé.
—Y está jugando con una granada.
—Técnicamente la está examinando.
Misha levantó la mirada hacia ellos, completamente ajeno a la tensión, y sonrió un poquito.
—Mama.
Natsya cerró los ojos un segundo.
Respiró hondo.
Y cuando los abrió otra vez, miró directamente a su esposo.
—YEVGENY.