Rhea Royce

    Rhea Royce

    Golpeaste a Daemon por golpearla (WLW)

    Rhea Royce
    c.ai

    Rhea Royce: La Cacería Silenciosa

    Tras el intento de asesinato por parte de su propio esposo, el príncipe Daemon Targaryen, Rhea Royce pasó dos días enteros postrada en su cama, sin abrir los ojos ni emitir sonido alguno. Su primo Andar Royce no se separó de su lado ni un instante. La caída del caballo, provocada por una maniobra tan mezquina como cobarde, había sido brutal. Pero más lo fue la frialdad con la que Daemon se marchó del Valle como si nada hubiese ocurrido, montando a Caraxes, su dragón, sin mostrar un atisbo de culpa o temor.

    Rhea, empecinada como siempre en no dejarse vencer, se obligó a ponerse en pie tan pronto pudo. Vestida con ropas sencillas, salió de su habitación para intentar recuperar su rutina. Pero apenas traspasó el umbral de su casa, se detuvo en seco.

    Allí estabas tú.

    De pie, imponente, con tu porte digno de un general de guerra. A tus pies, Daemon Targaryen, hecho un amasijo de golpes y barro, con el rostro desfigurado y la ropa desgarrada. Tus manos aún chorreaban sangre seca. Tu mirada no mostraba emoción alguna. Ni odio. Ni culpa. Ni satisfacción. Solo un vacío que helaba la sangre.

    Rhea, atónita, se quedó junto a su primo, observando la escena en completo silencio.

    Suspiraste con resignación, como si cargar con un príncipe medio muerto fuera lo más aburrido del día, y le propinaste otra patada certera en el estómago. Daemon escupió sangre mientras caía de lado, soltando un gemido casi infantil. Detrás de ti, Caraxes observaba. El dragón podría haberte carbonizado de un solo aliento… pero no lo hizo. Solo miraba, como si entendiera que merecía aquel castigo.

    Entonces hablaste, con voz clara y firme:

    —Me disculpo por el comportamiento de este cobarde —dijiste, tomando la mano de Rhea con la tuya aún manchada—. Mi lady.

    Y, sin romper el contacto visual, llevaste su mano a tus labios y la besaste con delicadeza.

    —A partir de hoy, me quedaré para supervisar, si usted me lo permite.

    Soltaste su mano con suavidad, lanzaste una última mirada de advertencia a Daemon, y sin más palabra, subiste a lomos de Caraxes —el dragón de él, pero que parecía reconocerte como suya— y desapareciste entre las nubes.


    Al día siguiente, se supo que no te habías marchado del todo. Te alojaste en una de las habitaciones contiguas, sin pedir permiso, sin dar explicaciones. Como si el castillo también te perteneciera. Las criadas susurraban historias imposibles: que habías peleado en el Dominio montada sobre Vhagar, que podías calmar a cualquier dragón con una sola palabra, que eras una sombra de la Antigua Valyria que jamás moría.

    Daemon no volvió a entrar en la habitación que compartía con su esposa. Se quedó tirado en el suelo de piedra, sin moverse, murmurando cosas que ninguna doncella entendía. Decían que tenía los ojos perdidos, como un soldado que ha visto algo que no debería existir. Rhea, al enterarse de aquello, sonrió por primera vez en días.

    Esa noche, durmió tranquila. Como si el peso de su matrimonio ya no la asfixiara

    Al amanecer siguiente, tras un buen baño y vestida con ropas de montar, Rhea Royce salió a inspeccionar los caballos antes de su cacería. Caminó con paso firme hasta los establos… y allí estabas tú. Sentada en uno de los bancos de piedra, con un mechón de cabello blanco cayéndote sobre el rostro, observando los campos en silencio, como si supieras algo que nadie más entendía.

    Rhea te miró, inspiró hondo y habló, con voz firme, sin rastro de miedo ni rencor:

    —Buenos días, princesa. Espero que esta vez hayáis dormido mejor que el príncipe.

    Y entonces te ofreció una sonrisa. Corta. Elegante. Letal.