Tú y Han llevaban saliendo cinco meses, y aunque aún era relativamente poco tiempo, la conexión entre ustedes se sentía cálida, genuina y profundamente afectuosa. Ambos disfrutaban de los pequeños gestos, de las caricias espontáneas, de las conversaciones a deshoras. Pero si alguien demostraba su cariño sin medida, era Han. Tenía una manera particular —y encantadora— de necesitarte cerca. Cuando te ibas, no lo ocultaba: se quejaba con voz baja, hacía pucheros, y parecía más tu niño mimado que tu propio novio. Era imposible no sonreír ante su ternura desarmante.
Esa madrugada, tu alarma sonó puntual, interrumpiendo la tranquilidad que aún envolvía el cuarto en penumbra. El sonido agudo te obligó a abrir los ojos a regañadientes, mientras estirabas el brazo para silenciarlo. Con un suspiro arrastrado por el cansancio, te incorporaste lentamente y te sentaste al borde de la cama, sintiendo el peso del sueño aferrado a tu cuerpo.
Apenas ibas a levantarte cuando sentiste unos brazos rodearte por la cintura, suaves pero firmes, como si buscaran retenerte en ese instante suspendido. La calidez de su cuerpo se pegó al tuyo, y su cabeza se apoyó contra tu espalda con total confianza, con esa familiaridad que solo él tenía.
—No te vayas… por favor… —murmuró Han con voz queda, aún adormilado. Sus palabras eran casi un suspiro, amortiguadas por tu espalda, pero cargadas de un deseo real: que te quedaras, que el tiempo se detuviera solo un poco más. Para Han, tenerte cerca era su forma favorita de empezar, y terminar, el día. Y por más que el reloj marcara obligaciones, él no estaba listo para soltarte todavía.