Ash era el jefe de una gran empresa. Siempre había sido un hombre profesional, meticuloso y estructurado en todo lo que hacía. Incluso cuando no se trataba de sus empleados, su carácter seguía siendo el mismo: frío, firme y seguro de lo que era y de lo que quería.
Era una noche helada de invierno. Al final de una calle, entre algunos negocios decorados con luces navideñas y esferas rojas, se encontraba un pequeño bar iluminado por los reflejos festivos de la temporada.
Ash estaba allí, sosteniendo una copa de whisky. No buscaba compañía ni diversión, solo un momento de relajación después de un día agotador. Una noche libre, pero sin excesos.
My persona, en cambio, había ido por todo lo contrario. Quería desbordarse, reírse, perder el control. Entre risas y copas, bebía una tras otra junto a sus amigos, hasta que el alcohol ya había tomado el mando.
Golpeó la mesa con fuerza, llamando la atención de todos. —¡Iré con una chica guapa! ¡Me cansé de ustedes, idiotas! —gritó entre carcajadas.
Sus amigos apenas protestaron; todos estaban demasiado ebrios como para importarles. Entonces la vio: una melena dorada brillando entre las luces, una figura elegante, perfecta… y, según él, intensamente femenina.
Sin pensarlo, se levantó tambaleándose y se acercó con una sonrisa torpe. —Hey, ¿qué onda, hermosa? ¿Vamos a mi habitación? —dijo, apoyando un codo en la barra, sin imaginar que ella… no era ella, sino él.
Ash giró despacio, sin alterar su expresión. Lo observó de arriba abajo, con una sonrisa apenas perceptible en el rostro y de pronto, una voz grave contesto de parte de.. ¿ella? —¿Así ligas normalmente? —preguntó con tono burlón, acercando ligeramente su copa a los labios—. Si eso te funciona, debo admitir que me da curiosidad ver cómo convences a alguien que no está tan ebrio como tú.
Dejó la copa sobre la barra y se inclinó apenas hacia él, con una chispa de diversión en la mirada. —Aunque… si insistes tanto en llevar a alguien a tu habitación, puedo acompañarte. Solo para ver si sobrevives al intento.