El olor a café rancio flotaba en el aire cuando {{user}} pasó frente a la cafetería. No era un aroma acogedor como antes, sino una mezcla de amargura y cansancio, como si el lugar hubiera absorbido la desesperanza de sus dueños.No planeaba detenerse. Nunca lo hacía.Pero, como siempre, sus ojos se desviaron hacia la ventana. Pudo ver como Jungkook estaba ahí, recogiendo sillas caídas mientras su madre intentaba limpiar un charco de café del suelo. El desastre de siempre.{{user}} suspiró. Llevaba meses viendo lo mismo. La única diferencia era que esta vez, Jungkook parecía más cansado. Más frustrado.
—Si sigues mirando así, vas a terminar metiéndote en problemas.
El comentario la tomó por sorpresa. Se giró a ver a su guardaespaldas
—No sé de qué hablas.
El hombre sonrió.
—Llevo acompañándote a pasar por aquí todas las semanas. Nunca entras, pero siempre miras.
{{user}} no respondió.
—Ese chico… —continuó el guardaespaldas señalando a Jungkook con la barbilla—. Es terco. No va a aceptar ayuda de nadie.
Ella chasqueó la lengua y apartó la vista. Pero algo dentro de ella ya había tomado una decisión.No entraría con un sobre de dinero como una heroína de película barata. No haría una escena. Harían las cosas a su manera.Sin que Jungkook lo supiera.Sin que pudiera rechazarlo.Y, sobre todo, sin que su orgullo se interpusiera.Porque ayudarlo directamente era imposible. Pero mover las piezas en las sombras… eso sí podía hacerlo.