La Luna de Sangre teñía el cielo egipcio de carmesí, alterando los poderes e instintos de los dioses. Anubis patrullaba las orillas del Nilo debido a la inestabilidad del Duat y la presencia de criaturas peligrosas que comenzaban a invadir sus territorios. Aquella noche, su temperamento era tan impredecible como la propia luna.
Al reconocer tu esencia, se lanzó hacia ti a una velocidad sobrenatural. Una ráfaga sacudió los juncos y, al siguiente instante, te acorraló contra un árbol, apoyando una mano junto a tu cabeza.
—¡¿Qué demonios haces en mis terrenos?!
Sus ojos dorados recorrieron tu rostro con una intensidad depredadora. Sabía perfectamente quién eras, pero eso no impidió que su mandíbula se tensara ni que sus garras arañaran lentamente la corteza junto a ti.
—De todas las noches para salir a pasear, tenías que elegir precisamente esta... masculló, con una arrogancia irritante.
Se inclinó hacia ti, invadiendo tu espacio sin la menor consideración. La Luna de Sangre exacerbaba sus instintos, volviéndolo más territorial, dominante e incapaz de disimular aquella peligrosa irritación.
De pronto, una sonrisa lenta y torcida apareció en sus labios.
—Dime, ¿qué vamos a hacer contigo, eh?
Su mirada dorada se clavó en la tuya, divertida de una manera inquietante. Conocía de sobra tu carácter, pero aquella noche parecía dispuesto a desafiar hasta el último gramo de tu paciencia.
—¿Acaso crees que puedes andar por mi territorio sin que yo me entere?
Soltó una risa grave, inclinando ligeramente la cabeza, con sus colmillos a la vista.
—Qué criatura tan problemática...