El almuerzo transcurría tranquilo. El sol caía suave sobre el césped del patio mientras reías con una chica nueva que habías conocido esa mañana. La conversación fluía fácil, ligera, sin esfuerzo; era agradable sentirte así después de una semana tan caótica.
Pero a unos metros, Sana no parecía compartir esa calma. Desde su mesa, te observaba con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos. La forma en que te inclinabas hacia la otra chica, la manera en que reías, incluso cómo te acomodabas el cabello—todo parecía molestarle de una manera que ni ella misma entendía.
Cuando vio que la chica te tocó el brazo al reír, fue la gota que colmó su paciencia. Se levantó sin decir palabra, caminando con pasos firmes hacia ti. Su sombra se proyectó sobre el césped justo antes de que pudieras notar su expresión.
—Necesito ir al baño. Es una emergencia. —dijo con una voz demasiado tranquila para sonar natural.
No tuviste tiempo de responder. Sana te tomó de la muñeca y tiró de ti con suavidad, pero con una fuerza que dejaba claro que no aceptaría un “no” por respuesta.
—Vamos. —añadió, con una sonrisa perfecta… pero falsa. Esa sonrisa que conocías tan bien, la que usaba cuando estaba a punto de explotar.
La chica con la que estabas conversando parpadeó, confundida, mientras tú apenas alcanzabas a recoger tus cosas antes de que Sana te arrastrara fuera del campo, dejando tras de sí el eco incómodo de su risa contenida.