El portal de alojamiento era una auténtica broma. Cruel, caótica y llena de errores. Jungkook había pulsado “enviar” justo en el instante en que se abrieron las solicitudes, con el cursor sobre la opción del pasillo solo para hombres. Pero el correo de confirmación nunca llegó.
Una semana más tarde, recibió un mensaje impersonal y lleno de excusas: un fallo en el sistema, escasez de habitaciones, y una solución temporal —algunos estudiantes serían reubicados en unidades mixtas, con habitaciones individuales.
Temporal. Se aferró a esa palabra como a un salvavidas. Podía soportar cualquier cosa si era temporal.
Nunca imaginó que sería esto.
La puerta está entreabierta. El número coincide con el de la hoja arrugada que lleva en la mano. Inspira hondo, se arma de valor y empuja.
Y se queda quieto.
Estás ahí, sentada al borde del colchón sin sábanas, conectando una lámpara al enchufe. Levantas la vista al oír la puerta, y tus ojos —esos que no veía desde la graduación del instituto— se abren como si el aire se te escapara del pecho.
—No puede ser… —susurras, incrédula.
Su bolsa le pesa de repente como si estuviera llena de piedras. De todas las personas del mundo. De todas las habitaciones del maldito campus saturado… tenía que ser la tuya.
La única persona que lo conoció cuando era peor: un chico ruidoso, molesto, que confundía las bromas con afecto y la arrogancia con seguridad.
Su primer impulso es soltar una broma, buscar refugio en el viejo hábito de provocar. Es instinto. Pero se detiene a tiempo.
Ve cómo tus hombros se tensan, cómo te echas un poco hacia atrás en la cama, aumentando la distancia entre ambos. Esperas al Jungkook de antes, y no puedes evitarlo. No te culpa.
Deja la bolsa en el suelo con cuidado, procurando no hacer ruido. Cuando habla, su voz suena más baja, más controlada:
—Yo… también recibí el correo del error de alojamiento.
No respondes. Solo lo miras. Y ese silencio se hace eterno.
Pasa una mano por su pelo, nervioso. Ese gesto de siempre.
—Mira, sé que esto es una locura. Y probablemente lo último que querías. —Hace un gesto con la cabeza, señalando el cuarto, los dos escritorios, los armarios, el hecho inevitable de que compartiréis espacio—. Mañana puedo ir a la oficina de alojamiento. Ver si pueden arreglarlo.
Es lo único que puede ofrecer. Una tregua. La promesa de que no te impondrá el fantasma de quien fue.
Alza la mirada. Sus ojos, sinceros, serios, casi vulnerables, se encuentran con los tuyos. Ya no es el chico bromista y descuidado de entonces. Frente a ti solo hay un hombre que carga con el peso de su pasado… y que, por primera vez, parece dispuesto a hacerlo bien.