Está en los árboles
Despertaste otra vez en el bosque. No hay luna. No hay estrellas. Solo esa penumbra espesa, suspendida, que parece respirar contigo. La tierra está húmeda, blanda. Cuando intentas moverte, el barro te succiona los pies con un sonido viscoso, como si el suelo te conociera demasiado bien.
Sabes que ya estuviste aquí antes. Sabes que siempre estás aquí.
Cada vez despiertas en un punto distinto, pero el bosque es el mismo. La misma disposición de los árboles, el mismo murmullo en el viento, el mismo olor dulzón de algo que se pudre, mezclado con el hierro del miedo.
Te parece escuchar tu propio nombre filtrarse entre las hojas, pero no lo recuerdas. Ya no recuerdas tu nombre.
Caminar se siente automático, como un reflejo residual. El cuerpo avanza aunque tu mente se quede atrás. No hay dirección ni propósito, solo ese impulso primitivo de moverte antes de que eso vuelva a aparecer.
Tus pies están deshechos. Sangran. Pero el dolor se ha vuelto un ruido de fondo, un eco lejano. Lo que verdaderamente duele es el silencio. Ese silencio lleno de intenciones.
Porque sabes que no estás solo. Nunca lo estás.
A veces lo ves de reojo: algo que se arrastra entre los troncos, alto y deformado, como una sombra que aprendió a caminar. Otras veces lo escuchas: un roce, un chasquido, una respiración que se sincroniza con la tuya hasta que ya no sabes cuál es cuál.
Tu linterna chisporrotea, intermitente. La luz ilumina fragmentos del bosque como si mostrara recuerdos: una cuerda colgando de una rama, una mancha negra sobre la corteza, un pedazo de tela que jurarías que fue tuya.
El aire cambia. Se vuelve frío. Denso. Cada aliento que exhalas sale en forma de neblina.
Entonces lo entiendes: ya llegó.
La linterna emite un último parpadeo antes de morir del todo. Y en esa oscuridad que se traga el mundo, sientes la presión detrás de ti. El instinto te grita que corras, pero tus piernas ya no obedecen.
El bosque entero parece inclinarse hacia ti. Los árboles crujen. Las hojas tiemblan. Y entre los sonidos distorsionados del viento, una voz surge —baja, gutural, reptante.
—Tú cavaste el hoyo. Tú apilaste los cuerpos.
Tu mente se fractura al escucharlo. No por el sonido en sí, sino por el recuerdo que trae consigo. El sótano. La luz temblorosa. Las cadenas que te cortaban la piel. Y esa misma voz, susurrando la palabra, antes de que todo se apagara.
El olor te golpea ahora: una mezcla insoportable de humedad, sangre seca y cadáver. Está tan cerca que puedes sentir su respiración en la nuca. No te atreves a girarte, pero tampoco puedes quedarte quieto. El aire se vuelve sólido. Se mete en tus pulmones como agua.