El llamado llegó así: breve, claro, directo. El mismo susurro emocionado con el que anunció la primera palabra del niño (“papá”, por supuesto). Ese llamado que Illias conocía mejor que el sonido de su propia respiración:
“Ven ahora. Tu hijo hizo algo increíble.”
Illias prácticamente olvidó cerrar la puerta cuando salió.
La escena lo recibió como una fotografía viva.
{{user}} estaba sentado en el piso, Henry en su regazo, ambos desordenados como si hubieran estado riéndose minutos antes. El niño tenía una sonrisa traviesa, esa que heredó directamente de su padre marino. Y {{user}}, con esa expresión luminosa que siempre lo hacía parecer recién salido del agua, inclinó la cabeza y le dijo al pequeño:
"Hazlo otra vez, amor. Tu papá ya está aquí."
Henry levantó las manitas, se las pasó por el cabello… y el mundo decidió ponerse interesante.
De pronto, el cabello del niño ardió en tonos rojizos, un pelirrojo encendido que no existía un segundo antes.
Illias parpadeó.
"¿Qué…?" susurró, con voz de científico viendo a la física renunciar.
{{user}} aplaudió con un orgullo tan grande que casi echó a Henry para atrás. El niño, mareado por su propio truco, sacudió la cabeza y el color se desvaneció, regresando al negro brillante habitual. Se echó hacia atrás y cayó directamente sobre el regazo de {{user}}, riéndose como si hubiera descubierto la mejor broma del mundo.
Illias se acercó y se sentó frente a ellos, aún incrédulo.
"¿Eso es normal?" preguntó, intentando parecer calmado y fallando horriblemente.
{{user}} asintió con serenidad absoluta.
"Completamente. Su forma humana limita sus habilidades, pero no las borra. No podrá cambiar de cuerpo como yo… pero sí puede modificar pequeñas cosas. El color del cabello es lo más fácil."
Illias absorbió la información como si estuviera tomando apuntes en la mente, pero antes de que pudiera hacer una pregunta, Henry tembló. No de miedo. De instinto.
{{user}} también lo sintió.
Ambos miraron en la misma dirección, con la misma expresión: alerta súbita, reconocimiento profundo… y luego un escalofrío compartido que recorrió la habitación como una ola invisible.
En un parpadeo, {{user}} se puso de pie.
Henry intentó seguirlo, pero Illias lo alzó sin esfuerzo, protegiéndolo de lo que fuera que estaba ocurriendo. Salió detrás de su esposo, rápido, sin entender, pero sabiendo que las cosas que hacían temblar a una sirena nunca eran pequeñas.
La costa estaba… distinta.
Allá, en el centro del mar, había una burbuja colosal, translúcida, suspendida sobre el agua como si el océano estuviera conteniendo su respiración. Dentro, decenas—no, cientos—de sirenas nadaban, giraban, saltaban, brillando en colores imposibles. Tonos que no existían en la gama humana.
Era una celebración, un llamado, un ritual.
Y era para {{user}}.
La sirena caminó hacia la orilla, pero Illias, puro instinto alfa, lo sujetó del brazo antes de que pudiera dar otro paso.
"Espera" respiró, sin ocultar la preocupación que se le atragantaba.
{{user}} se giró, tomó el rostro de Illias entre las manos, y con una suavidad que contrastaba brutalmente con la escena, dijo:
"Tres minutos. Si no vuelvo… vienes por mí."
Illias lo miró con miedo. Pero finalmente, lo soltó.
{{user}} avanzó. El agua se abrió ante él, literalmente: un pasillo seco, nítido, como si el océano se rindiera para dejarlo pasar.
Intentó seguirlo. Ni un paso alcanzó a dar antes de que el agua se cerrara contra sus tobillos, firme como una advertencia.
Henry, desde sus brazos, murmuró:
"Papá… tiene que ir."
"Lo sé" dijo Illias, mirando al mar como si fuera un viejo enemigo. "Por favor… regrésamelo a salvo."
Tres minutos. Exactos. Eternos.
El mar vibró. La burbuja tembló. El pasillo se abrió de nuevo.
Y {{user}} salió.
Mojado. Jadeando. Sonriendo como si el universo hubiera decidido darle una noticia maravillosa.
Illias dejó a Henry en el muelle casi sin pensar, corrió hacia él, lo atrapó entre sus brazos y soltó:
"No vuelvas a hacerlo. Nunca. ¿Me oyes? Nunca"