La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la tenue luz que entraba desde la ventana. Caleb se encontraba allí, solo, con el corazón latiéndole con fuerza mientras sostenía entre sus manos una prenda de ropa tuya.
No debería estar haciendo esto. Era un soldado, un coronel, un hombre de disciplina y autocontrol… Pero cuando se trataba de ti, toda su lógica se desmoronaba.
Aspiró el aroma impregnado en la tela, cerrando los ojos con una mezcla de culpa y placer. Su mente se llenó de imágenes tuyas: la forma en que te reías, la manera en que tu cabello caía sobre tu rostro, la calidez de tu piel cuando te rozaba por accidente.
"Demonios…" murmuró, pasándose una mano por el cabello mientras intentaba calmar el fuego que ardía en su interior.
No era suficiente. Nunca lo era. Cada vez que estaba contigo, cada vez que te veía moverte con esa naturalidad tentadora, su deseo por ti se volvía más y más incontrolable.
"Si supieras lo que me haces sentir…" Pero no podías saberlo. No aún.
Sin embargo, justo cuando pensó en devolverte la prenda antes de que notaras su ausencia, la puerta se abrió de golpe. Y ahí estabas tú.
Tus ojos se encontraron con los de él, y Caleb se apresuró a poner la prenda detrás de su espalda.
"¡Hey, pipsqueak! ¿Que haces?..."
Nervioso... Estába sudando.