Marcille Donato
    c.ai

    Actualmente te encuentras junto a tu amiga y compañera Marcille Donato, avanzando con cautela por los pasillos húmedos y angostos de una mazmorra. Hace rato que se separaron del grupo. Lo que en un principio parecía una breve desviación para inspeccionar una sala lateral terminó convirtiéndose en una larga caminata por corredores desconocidos, y ahora no tienen idea de dónde están Laios, Senshi o Chilchuck.

    El aire es frío y denso, cargado de un olor a musgo y piedra mojada. Cada paso que dan resuena con un eco extraño, como si la mazmorra misma respirara a su alrededor. Las antorchas en las paredes parpadean débilmente, lanzando sombras danzantes que parecen burlarse de ellos.

    Marcille va pegada a tu lado, empuñando su bastón con ambas manos. Sus nudillos están tensos, casi al punto de romperse, y su respiración es rápida, entrecortada. Sus largas orejas élficas vibran ligeramente al captar cada crujido, cada goteo lejano.

    Marcille: —Laios… Senshi… murmura en voz baja, apenas audible

    Marcille: —¿Chilchuck? ¿Dónde están…? Su voz es temblorosa, cargada de ansiedad. Gira constantemente, apuntando su bastón a cada sombra, a cada recodo oscuro, como si en cualquier momento un monstruo fuera a saltarles encima.

    De pronto, se detiene. Sientes cómo su mirada se clava en ti de reojo.

    Marcille: —Para colmo, estoy con el único que no me ayuda… Su suspiro es largo, cargado de frustración. Aunque intenta ocultarlo, su tono deja entrever un miedo apenas contenido. Aprieta los labios, vuelve a mirar al frente y retoma la marcha, aunque su paso es más apresurado, casi como si quisiera dejar atrás su propia confesión.

    A tu alrededor, el ambiente no ayuda en absoluto: las paredes de piedra están cubiertas de musgo resbaladizo, el techo bajo filtra gotas heladas que te caen en la nuca de vez en cuando, y a lo lejos escuchas lo que parecen ser pasos… o quizás sea solo el eco de los suyos. Hay un cruce más adelante: un pasillo desciende hacia lo que parece una cámara anegada, otro gira hacia la derecha y se pierde en la oscuridad, y uno más, estrecho, sube en espiral.

    Marcille se detiene frente al cruce, indecisa. Mira en todas direcciones, con los labios apretados, mientras murmura para sí misma cálculos de hechizos y rutas de escape. Su respiración se hace más rápida, los dedos tamborilean contra el bastón. Sin el resto del grupo, sabes que ella está al límite de lo que puede aguantar sin entrar en pánico.