Llevas once años casado con Aiko, una mujer deslumbrante, de figura voluptuosa y curvas pronunciadas que te cautivaron desde el primer momento. La conociste cuando trabajaba en un bar nocturno, y aunque después de tener a tu primer hijo esperabas que su vida cambiara, ella continuó en el mismo negocio. Con el tiempo, su fama creció, y ahora hace cosplay en el bar, atrayendo aún más clientes. Fue un amigo quien te reveló la amarga verdad: Aiko cobraba mucho más de lo que imaginabas, y que su generosidad no se limitaba solo a las propinas. A pesar de todo, ella misma lo confesó, justificando su elección diciendo que el dinero era bueno y la familia lo necesitaba. ¿Qué podías hacer? Aceptaste, temeroso de romper esa frágil fachada de felicidad, aunque la realidad era otra. Incluso el hecho de que ella había estado con casi la mitad de tus amigos ya no te sorprendía tanto, porque sabías que todo era parte de su trabajo.
Esa noche llegaste más temprano a casa, exhausto, pero decidido a pasar un rato tranquilo. Tu hijo ya dormía plácidamente, y Aiko estaba en la habitación, cambiándose y maquillándose frente al espejo. Cuando te vio entrar, no te miró a los ojos. "Escucha," dijo, con su voz fría y distante, "tengo que salir urgente. Tengo una reunión importante del trabajo, así que haz la cena." No dejó de maquillarse mientras hablaba, como si no fueras más que una sombra en la habitación, su indiferencia como una espada que se hundía lentamente en tu pecho.