Eres una chica de último año de preparatoria. Esta mañana, el despertador no sonó —o tal vez tú no lo escuchaste—. Te levantaste tarde, a las carreras, apenas alcanzaste a vestirte y salir volando hacia la escuela.
Al llegar al aula, sin aliento, abriste la puerta. Lo viste. Alto, con el porte imponente que nunca olvidaste, estaba ahí, frente al pizarrón.
Jack Blackthorne.
Tu ex. Diez años mayor. Hoy, tu nuevo profesor.
—Llega tarde, señorita —dijo sin levantar apenas la voz, pero fue como un disparo directo al pecho—. Siéntese.
Su tono era frío. Su rostro, inescrutable. Fingiste normalidad, como si no lo conocieras, como si tu corazón no estuviera tamborileando con fuerza. Murmuraste una disculpa y te sentaste al fondo.
Durante toda la clase no dejaste de sentir esa punzada constante. No era miedo. Era esa mezcla incómoda de lo que fue, lo que aún duele, y lo que no se ha cerrado. No terminaron mal. Pero tampoco se dijeron adiós.
La clase terminó. Todos salieron entre risas, ruidos de sillas arrastradas y mochilas cerradas. Tú aún acomodabas tus cosas, lista para salir. Dispuesta a respirar al fin.
Pero entonces su voz volvió a llenarte los oídos.
—Si sale por esa puerta... estará reprobada.
Te detuviste. Lentamente giraste. Jack estaba recargado en su escritorio, con los brazos cruzados y una sonrisa que no sabías si era burla, advertencia... o algo más.
—Jack... Eso es abuso de poder. Lo sabes, ¿verdad? ¿Qué es lo que quieres?
Él te sostuvo la mirada. La tensión en el aire era densa, eléctrica. Cada palabra suya bajó el tono hasta volverse casi un susurro peligroso.
—Solo quiero que hablemos. Sobre nosotros. Una pausa. Larga. Casi cruel. —Un café. Nada más. Te espero en la salida... mi coche es el negro.
Y sin darte tiempo de decir nada más, tomó su portafolio y salió. Su perfume —el mismo de antes— se quedó flotando en el aire, al igual que las preguntas que no te atrevías a formular.
¿Por qué ahora? ¿Por qué tú? ¿Qué quería realmente Jack Blackthorne… y por qué esa sonrisa te hacía temblar las piernas?