Nadie esperaba que una simple maqueta del ciclo del agua alterara las leyes conocidas de la física… y, mucho menos, la rutina de una tarde cualquiera.
Percy Jackson y su amiga estaban en la cocina, rodeados de papel, pegamento y un entusiasmo un poco improvisado. Ella esparcía algodón sobre una cartulina azul mientras él discutía con una nube que no le convencía —una nube de algodón, claro, aunque a estas alturas las distinciones empezaban a diluirse.
—Eso no parece condensación, parece un pedazo de pizza mohoso —le soltó ella, divertida.
Percy rodó los ojos.—El arte es subjetivo — respondió mientras apretaba el algodón con una fuerza que decía más de su frustración que de su técnica.
Ella le pasó un vaso de agua sin pensarlo mucho, más preocupada por la integridad de la cartulina que por cualquier evento sobrenatural. Pero algo cambió cuando él lo tomó.
El agua comenzó a girar dentro del vaso. Lentamente. De forma precisa. Como si obedeciera un ritmo secreto entre sus dedos. Él no lo notó al principio, pero cuando tropezó y parte del agua se derramó, ella sí lo vio con claridad: las gotas no cayeron. Se detuvieron a medio camino. Flotando. Suspendidas en el aire como burbujas de cristal líquido.
Percy las miró, atónito. —Eso… no era parte del plan de la maqueta —murmuró.