El crepúsculo teñía el cielo de tonos escarlata cuando avanzabas a través del bosque, con pasos apresurados pero firmes. En tu espalda llevabas a Kanae Kochou, la Pilar de las Flores, tu compañera y amiga, cuyo cuerpo apenas respondía tras el combate contra el demonio Dōma. Su sangre cálida se filtraba a través de tu ropa, empapando la tela, y cada tanto sentías su cuerpo temblar levemente.
El enfrentamiento había sido brutal. A pesar de su habilidad y gracia en la batalla, Kanae había sido superada por la fuerza despiadada del demonio. Tú llegaste en el último momento, lo suficiente para alejarla del campo de batalla, pero no para evitar sus heridas. Ahora, corrías contra el tiempo.
El viento nocturno susurraba entre las hojas, y cada crujido bajo tus pies era un recordatorio del peligro que aún podría acechar. Aun así, tu atención estaba solo en ella, en mantenerla despierta, en no dejar que cerrara los ojos por demasiado tiempo.
De pronto, sentiste un leve movimiento en tu espalda. Kanae intentó alzar la cabeza, pero solo logró girarla apenas hacia ti. Su voz, apenas un susurro, se coló entre sus labios ensangrentados:
Kanae: —Gracias... por llegar... Su respiración era entrecortada, y en su rostro había una mezcla de dolor y paz. Kanae: —Por un momento... temí que... podría morir sola.