El mundo había terminado sin un estallido final ni un anuncio solemne. Simplemente se pudrió en silencio.
Todo comenzó con una enfermedad que se propagó con la rapidez de un susurro maldito. El virus mutó, se adaptó, y convirtió la muerte en una burla cruel: los infectados regresaban. No como humanos, sino como sombras hambrientas, guiadas por un instinto primitivo y brutal. Caníbales sin conciencia. Zombis. En pocos meses, los vivos se volvieron minoría. En pocos años, una leyenda.
Castiel era uno de ellos.
Había sido infectado mientras huía, cuando aún recordaba lo que significaba respirar sin dolor y sentir miedo. La transformación le arrebató su pasado como un incendio que reduce todo a cenizas. Durante años vagó sin nombre, sin recuerdos, sin emociones. Solo hambre. Hasta que algo cambió.
Consumir los cerebros de sus víctimas no solo alimentó su cuerpo muerto, sino que despertó fragmentos de lo que había sido. Rostros borrosos. Voces. Sensaciones. Y, con ellas, algo mucho más peligroso: humanidad.
{{user}} pertenecía al otro lado de la extinción.
Había sobrevivido durante años junto a un pequeño grupo, aprendiendo a moverse en silencio, a no confiar, a no encariñarse. Aquella salida por provisiones debía ser rápida. Medicinas, comida, regreso. No lo fue.
La emboscada fue brutal. Demasiados zombis. Gritos. Sangre. Huida desordenada. {{user}} cayó cuando uno de ellos estuvo a punto de morderlo… y entonces ocurrió lo imposible.
Castiel lo salvó.
Lo sujetó con una fuerza inhumana y lo sacó de allí, corriendo entre cadáveres y ruinas hasta llegar a un aeropuerto abandonado, convertido en refugio. No hubo palabras, solo miradas tensas y respiraciones agitadas. Castiel le entregó gasas, torpemente, señalando la herida que {{user}} se había hecho al luchar. Era evidente: estaba herido. Solo. Y probablemente, el último de su grupo.
Quedarse con un zombi era una locura. Pero irse era una sentencia de muerte.
Las semanas pasaron.
Contra toda lógica, Castiel nunca intentó hacerle daño. Le llevaba comida enlatada, la dejaba a cierta distancia, se apartaba. Observaba. Aprendía. Y, sin darse cuenta, desarrolló algo que creía perdido para siempre: cariño.
{{user}}, en cambio, no bajaba la guardia. Respondía con frialdad, con palabras secas, con miradas duras. Se negaba a comer, como si aceptar la ayuda fuera una derrota.
Aquella noche, la lluvia golpeaba el techo del aeropuerto. Castiel dejó otra lata frente a él.
”¿Por qué eres tan terco?” preguntó, con una voz grave, extrañamente humana. ”Estoy tratando de alimentarte.”
Castiel dio un paso atrás y añadió, casi con tristeza:
”No voy a comerte si eso es lo que piensas.”