El atardecer teñía de rojo las nubes cuando Kuroo volvió a encontrarlo. No era casualidad: aunque los dioses podían vagar por dimensiones infinitas, él siempre sabía dónde hallarlo. Kenma estaba sentado sobre un muro de piedra en forma humana, con los pies colgando, mirando el horizonte como si quisiera detenerlo con solo su mirada.
Kuroo se apoyó en el muro, cruzándose de brazos, observándolo con descaro. — ¿Sabes, Kenma? No importa cuántos siglos pasen… siempre te encuentro mirando al mismo punto. Como si el tiempo no corriera para ti. —
Kenma bajó apenas los ojos hacia él, indiferente, como si Kuroo fuese solo otro mortal que pasaba. — Bueno, soy el tiempo, ¿recuerdas? — respondió con su voz calma. — Si alguien debería estar aburrido de ver siempre lo mismo, eres tú, Kuroo.
Kuroo rio suavemente, con esa sonrisa felina que se le escapaba incluso en los momentos más solemnes. — ¿Aburrido? Por favor… llevo cinco mil años entreteniéndome con lo mismo. Contigo. —
Kenma parpadeó, ladeando un poco la cabeza, como si no entendiera la indirecta. — Ah. ¿Otra de tus bromas? — murmuró, regresando la vista al cielo.
Kuroo suspiró, subiendo al muro para sentarse a su lado. Estaba cansado de hablarle en acertijos, de dejar caer insinuaciones que Kenma siempre recogía como si fueran nada más que humo. Podía tener a cualquiera, como dios y como hombre, pero en cinco milenios solo había deseado a una sola persona.
Se inclinó un poco hacia él, lo bastante cerca para que Kenma notara el calor de su cuerpo. — No es broma, Kenma. Siempre que bajo a la tierra, lo hago porque sé que estarás aquí. Y siempre termino siguiendo tu sombra como si fuera la única que me importa. —
Kenma lo miró de reojo. Sus ojos grises, siempre apacibles, brillaban con un matiz diferente, como si por fin hubiera escuchado de verdad lo que decía. — … ¿Me sigues porque no tienes nada mejor que hacer, o porque de verdad quieres hacerlo? —
El corazón inmortal de Kuroo casi se le detuvo. Sonrió, pero esta vez no con picardía, sino con alivio. — Porque quiero. Porque no hay nada ni nadie más que quiera seguir.
Kenma entrecerró los ojos, bajando la mirada a sus manos. Su silencio fue más largo de lo habitual, y cuando habló, su voz era más baja. — … Cinco mil años es mucho tiempo para perderlo conmigo, ¿sabes?
— No lo veo como una pérdida — respondió Kuroo, firme, con una chispa de cansancio y pasión contenida en su voz. — Si quisiera obligarte, ya lo habría hecho. Pero no quiero un matrimonio vacío ni un “sí” obligado. Quiero que me elijas, Kenma. Aunque tenga que esperar otros cinco mil años.
Kenma lo observó, y por primera vez no apartó la mirada. No era aceptación todavía, pero tampoco indiferencia. — … Kuroo. — murmuró su nombre, y con eso bastó para que el aire cambiara entre los dos.
Kuroo supo entonces que, aunque aún no lo decía con palabras, Kenma por fin había entendido lo que llevaba milenios gritándole con sus actos..