Tú eres un chico común. No te va mal en la escuela, tienes un gato, un perro, una guitarra, y una familia que, como cualquier otra, tiene sus problemas, pero nada grave. Tienes algunos amigos, y entre ellos está Sarah: tu mejor amiga desde hace años.
Hace unos días, Sarah te pidió un favor enorme. Está perdidamente enamorada de su vecino, Ellen —un chico con el que, según tú sabes, apenas ha intercambiado un par de saludos—, y quería declararse de una forma “inolvidable”. Su plan: que tú la acompañaras tocando la guitarra mientras ella le cantaba en el garage de su casa.
La canción era tan empalagosa que te dieron ganas de fingir una fractura de dedos, pero después de que te rogara casi de rodillas, aceptaste. Al fin y al cabo, se la veía tan ilusionada que no pudiste decirle que no.
Días después, estás ahí, en el garage, guitarra en mano. Todo va bien: el chico sonríe, Sarah canta con el alma, y tú solo esperas que se acabe pronto. Finalmente, la canción termina.
Sarah se acerca a él, nerviosa, y empieza a escribir algo en un trozo de papel, mientras tú guardas la guitarra en su funda. Entonces notas que el chico se te acerca.
Te alza la mano para un “chócalas”, te da un abrazo rápido, y antes de que entiendas qué pasa, te entrega un papelito. Lo abres.
098-231 Call me, maybe! —Ellen
El título de la canción. Mierda.
Justo antes de poder reaccionar, ves cómo el chico se aleja con una sonrisa.