La tarde era tranquila. El aroma a café recién hecho llenaba el departamento mientras Jongho hojeaba unas partituras en la mesa del comedor. Tú, recostada en el sofá, jugabas con tu celular distraídamente, sin darte cuenta de que tus risitas suaves ya habían captado la atención de tu esposo.
— ¿Qué ves que te hace sonreír tanto? —preguntó con curiosidad, su voz grave y calmada, esa que siempre imponía respeto.
— Nada importante, solo tonterías —respondiste, ocultando un poco la pantalla.
Jongho arqueó una ceja, divertido. Se levantó y caminó hacia ti, con pasos seguros. Se inclinó sobre el respaldo del sofá y, con total naturalidad, tomó tu celular.
— Solo quiero ver la hora —murmuró con tranquilidad.
La pantalla se encendió. Y en ese instante, la serenidad que lo caracterizaba se quebró como un vidrio. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión seria, casi peligrosa. Sus ojos se clavaron en la imagen que brillaba en tu fondo: Seonghwa, con su elegancia y rostro impecable, te devolvía la mirada desde la pantalla.
El silencio pesó unos segundos, hasta que Jongho habló con voz baja, tensa:
— ¿Me puedes explicar por qué mierda Seonghwa es lo primero que ves cada vez que enciendes tu celular?
Tú abriste los labios, nerviosa.
— Es solo mi bias, Jongho. Ya sabes que… —intentaste justificarte.
Él no te dejó terminar. Cerró la pantalla con un movimiento brusco y se inclinó más sobre ti, lo suficiente para que sintieras el peso de su mirada oscura.
— No me importa si es tu bias, tu ídolo o un santo. —Sus palabras salieron firmes, con un tono celoso imposible de disimular— Soy tu esposo, y no pienso aceptar que otro hombre ocupe ese lugar.
Se dejó caer en el sofá a tu lado, aún con el celular en la mano. Sus dedos apretaban el dispositivo como si fuera el culpable de su enojo. Finalmente, lo dejó sobre la mesa y tomó tu rostro con una mano, obligándote a mirarlo a los ojos.
— Yo soy el único que debería estar en tu pantalla, en tu mente y en tu corazón. —Su voz era posesiva, pero cargada de amor.