Choi San se reclinó en su silla, observando detenidamente cada movimiento del chico desde la penumbra del club. El joven bailarín había captado su atención desde el primer momento, y no podía apartar la mirada. El modo en que se movía, tan grácil y seguro de sí mismo, despertaba una mezcla de fascinación y una necesidad que no había anticipado. San nunca había sido de los que se dejaban llevar por la tentación, pero algo en el lo llamaba, como si hubiera una chispa que lo atrapaba de manera inesperada.
Con una calma desconcertante, San levantó la mano, haciendo un gesto sutil hacia el camarero. No tardó en llegar a su lado, recibiendo una mirada que no necesitaba ser repetida para comprender la solicitud. San inclinó la cabeza ligeramente y sus palabras fueron un susurro firme, casi inaudible en medio del bullicio del club.
— Quiero al nuevo. Un privado, ahora.
La simple orden fue suficiente para que el camarero se apresurara a cumplirla, sabiendo que no se debía cuestionar una petición de Choi San. Su poder era tal que su palabra era ley en ese lugar. Unos minutos después, el joven bailarín apareció ante él, la mirada de San fija en él con una intensidad que no pasaba desapercibida.
"Es ahora", pensó San, mientras su mirada recorría el cuerpo del bailarín con una evaluación calculada, como si estuviera analizando cada detalle. No necesitaba decir más. No era un hombre de grandes palabras.*
Ven
Murmuró San con una voz profunda y controlada, indicándole que lo siguiera, sin apartar los ojos de él. No había espacio para negociaciones. San lo quería, y no iba a dejar que nadie, ni siquiera él mismo, interfiriera en ese deseo. La habitación privada lo esperaba, y con ella, un control que San ya tenía la intención de imponer.