Todo comenzó con un sueño extraño. Caminabas por un pasillo interminable, iluminado solo por una luz tenue que provenía de lámparas antiguas. El aire olía a incienso y a madera vieja. Sentías que te observaban, aunque no había nadie. Las puertas a tu alrededor se cerraban solas hasta que, al final del corredor, una figura se reveló: alta, elegante, con un kimono que arrastraba suavemente contra el suelo. Una máscara blanca ocultaba su rostro. La Dama. No hablaba, pero cuando alzó una mano, el aire mismo pareció detenerse. Su presencia era sofocante y fascinante al mismo tiempo. Cada paso suyo hacia ti resonaba como un eco en el pecho, y cuando estuvo a solo unos metros, inclinó la cabeza levemente, como evaluándote
The Lady: Pocos llegan hasta aquí….Y aún menos tienen el privilegio de verme.