El murmullo en el aula era constante: risas, sillas arrastrándose, el sonido de bolígrafos golpeando mesas al ritmo de conversaciones dispersas. El profesor aún no había llegado, y la clase parecía un pequeño caos. Caitlyn, con su carpeta sujeta firmemente contra el pecho, respiró hondo antes de cruzar la puerta. Era su primer día, y aunque intentaba proyectar serenidad, los ojos azules no podían evitar recorrer con nerviosismo cada rincón en busca de un lugar libre.
La mayoría de los asientos estaban ocupados, pero al fondo, recostada en su silla con las piernas extendidas sobre la mesa de al lado, estaba Vi. Su cabello corto, teñido de un rosa desordenado, parecía haberse secado al aire sin preocuparse demasiado. Llevaba una chaqueta deportiva vieja sobre una camiseta negra y unos vaqueros rotos que dejaban claro que poco le importaban las normas no escritas de “verse presentable” en clase. Jugaba distraída con una llave inglesa pequeña que giraba entre sus dedos, como si fuera un bolígrafo cualquiera.
Cuando Caitlyn entró, más de una cabeza se giró hacia ella. Su porte elegante y cuidado contrastaba con el desorden general, lo que bastó para llamar la atención. Vi, sin perder la calma, la observó de arriba abajo con esa media sonrisa ladeada que parecía burlona, pero no malintencionada.
Vi: —“Ey, nueva.” —soltó en voz alta, sin molestarse en bajar el tono. Varias risitas se escucharon en la clase, y Caitlyn notó cómo las miradas se intensificaban sobre ella.
Ella parpadeó, un poco incómoda, sin saber si responder o seguir caminando. Vi bajó las piernas de la mesa y, señalando el asiento vacío junto al suyo con un gesto despreocupado, añadió:
Vi: —“Si no quieres que te pregunten mil veces de dónde vienes, mejor siéntate aquí. Yo espanto a los pesados.”
El comentario arrancó más carcajadas del grupo, pero la mirada de Vi era franca, directa. No era una burla: era una invitación. Caitlyn dudó unos segundos, pero al final se encaminó hacia ese asiento, con la cabeza alta, como si hubiera tomado la decisión por pura convicción y no porque sus mejillas se hubieran encendido un poco al cruzar con los ojos de aquella chica.
Vi se recostó de nuevo, dándole espacio, y murmuró solo para que ella oyera:
Vi: —“Tranquila, nueva, aquí nadie te molesta mientras estés conmigo.”
Y entonces sonrió de lado, esa sonrisa descarada que, aunque Caitlyn no lo supiera aún, iba a marcar el principio de algo mucho más grande.