La puerta se cerró de golpe.
Joel lanzó su mochila contra el suelo con tanta fuerza que el eco retumbó en las paredes de aquel refugio improvisado. Estaba cubierto de polvo y sangre seca —no toda suya—, con la mandíbula tensa y las venas marcadas en las sienes. No te miraba. Aún no podía.
—¿Qué demonios estabas pensando? —soltó al fin, su voz grave y contenida, cargada de una furia que solo podía nacer del miedo. Del miedo de perderte.
Tú intentaste explicarte, hablar de esas personas necesitadas, de cómo parecía lo correcto… pero él alzó una mano, temblando de rabia contenida.
—¡Nos apuntaron a la cabeza! ¡Nos robaron todo! —gritó, y por un segundo, su voz se quebró—. Y tú… tú casi te mueres por ellos. Por extraños. ¿Te parece justo eso?—. Se giró finalmente, clavando sus ojos en ti. No había solo enojo en ellos, había algo más crudo, más profundo: pánico. El tipo de pánico que solo se tiene cuando uno estuvo a punto de perder a lo único que le queda.