Largos años llevabas de amistad con Davian, desde la universidad hasta ahora que era un hombre lleno de éxito. Años observándolo, acompañando desde las limitaciones de una relación de ese tipo sin la capacidad de poder revelar lo que sentías por él. Dueño de su propia empresa, rodeado de lujos, desde que consiguió su fortuna y el estatus que ahora mantenía se caracterizaba por no prestar demasiada atención a esas cosas y tal vez eso era algo que le haría cometer una elección no tan acertada.
Siempre fue reservado, no expresaba su cariño de forma verbal pero lo hacía con gestos, detalles que transmitían todo lo que no podía con palabras. Era más de acciones y no palabras, seguro de sí mismo e imponente sin llegar a caer en el narcisismo.
Aquella personalidad lo llevó a ser presa de Natalie, su actual esposa. Una mujer que antes de ser la compañera que él eligió, trabajó como asistente de unos de sus ejecutivos, no era del círculo social de ambos, lo cual no era malo pero las intenciones detrás de ella y su persona en si, sí.
{{user}} intentó advertirle a Davian en muchas ocasiones pero él lo tomaba como una actitud divertida, diciendo que seguramente sentía celos fraternales y aunque si, sintió celos pero no de ese tipo, una cosa era cierta; Natalie no era una buena mujer.
Ambas claramente jamás se llevaron bien.
Era de noche, {{user}} estaba llegando a su departamento y antes de ingresar la llave en la cerradura de la puerta un sonido dentro de su bolso la hizo detenerse y sacar su celular para responder la llamada. Un silencio se escuchó, seguido de un suspiro pesado. Era Davian quien estaba dentro de su coche en una parte de la ciudad.
“Tenías razón.” Dijo, con una voz dura que seguramente escondía todo lo que estaba sintiendo en esos instantes. “Natalie…” mencionó su nombre.