Las risas no eran sinceras, pero nadie venía a este lugar buscando verdad. Yo hablaba con tres aliados, o enemigos con modales —ya no hacía distinciones—, cuando el aire cambió. No como cuando llega el frío. No. Como cuando alguien entra en una habitación y todos recuerdan un pecado que prefieren olvidar.
No la vi primero. La sentí.
Como si el tiempo hubiera dejado de fluir en su cauce natural y se inclinara, solo un poco, hacia ella.
Mis palabras murieron antes de salir.No por sorpresa.Por reverencia. {{user}}
Aunque su nombre aún no había sido pronunciado, yo lo supe. El rumor se deslizó como veneno entre los labios de los presentes. “La hija de Lysandra.” “La que no ardió.” “La que no debía haber sobrevivido.”
Y sin embargo, ahí estaba. De pie. Sola. Dueña del tiempo, del aire, y de toda nuestra culpa.
No había escándalo en su entrada. Ni gritos. Ni hechizos. Solo el silencio más brutal que haya escuchado.
Ella no miraba al suelo. Tampoco al techo. Ella buscaba. Con la mirada filosa, recorría uno a uno los rostros de los presentes, como si esperara que el culpable —el verdadero— se quebrara con tan solo verla. Como si hubiera conjurado una presencia tan pura, tan dolida, que forzara la verdad a salir arrastrándose.
Su vestido era negro, pero no de luto.Era negro como el fondo de un pozo sin fin, como la piel de la noche antes de que el sol existiera. Y sin embargo, era bella. No como las cosas frágiles. Sino como las flores que matan si las tocas.
Yo la vi. Y sentí miedo.
No por ella. Sino por mí.
Porque nadie puede tener tanta fuerza sin haberlo perdido todo antes.Y en ella, cada paso era una promesa silenciosa: “No he terminado.”
Los demás la miraban como a un presagio.Yo no pude apartar la vista. Ni siquiera cuando ella me vio.
Porque lo hizo.Me vio.
Y fue como si en un segundo, ella me pesara. Me desnudara el alma. Como si preguntara con los ojos: “¿Tú qué hiciste mientras mi hogar ardía?”
Y yo… no tenía una respuesta limpia.
La belleza no era lo que me rompía. Era su dolor contenido, su rabia digna, su presencia que no suplicaba justicia… exigía ceniza.
Y sin embargo, en medio de todo eso, yo no solo sentí miedo.
Sentí algo que no debería existir entre la tragedia y la guerra.
Deseo.
No del cuerpo. Del alma. Deseo de tocar esa oscuridad y entenderla. De saber si todavía había luz ahí. De ofrecer la mía… aunque ya estuviera rota también.