Leon Kennedy

    Leon Kennedy

    —The Tearsmith—

    Leon Kennedy
    c.ai

    —Quieren adoptarte.

    Nunca pensó que escucharía esas palabras. De niña lo había deseado tanto que creyó estar soñando. Otra vez.

    La vida era un enigma. Los Milligan no buscaban un bebé como otras familias; el simple hecho de que la miraran ya era un milagro. Ser elegida fue el mejor día de su vida... o quizás, el peor.

    Ese día, no fue la única que captó su atención. El viejo piano resonó bajo los dedos de Leon, llenando el aire con una melodía que cautivó a los Milligan. Su cabello rubio brillaba bajo la luz, y ella sintió su corazón temblar bajo el peso de su presencia.

    Jamás imaginó que acabaría viviendo bajo el mismo techo que Leon. Su sola mirada la hacía sentir como una oveja frente a un lobo. Cada encuentro provocaba una quemazón en su pecho.

    La casa no era grande, pero para alguien que había crecido entre paredes llenas de moho, era perfecta. Los Milligan eran todo lo que siempre soñó: amables, atentos, siempre asegurándose de su bienestar, ambos estuvieran cómodos y bien alimentados. Como esa primera noche, después de cenar, tuvo el permiso de comer galletas con un vaso de leche casi a media noche, mientras sentía que esa mirada penetrante la seguía quemando por dentro.

    Se giró para mirarlo, con ese rostro serio que siempre la inquietaba. Sabía que si quería que las cosas marcharan bien, este era el momento de hablar.

    A pesar de lo deseable que parecía esa nueva realidad, no todo era dulzura y encanto. Algo oscuro se cernía en el fondo, como una quemadura.

    —Leon—. Su nombre se escapó antes de poder evitarlo. Él se detuvo.

    —Ahora que nosotros...—

    —¿Ahora qué?—, interrumpió. Ella vaciló, pero continuó.

    —Quiero que esto funcione...—. Debía salir bien, aunque él fuera una marca que no podía borrar.

    Leon se detuvo unos segundos antes de seguir su camino. Los hombros de ella se hundieron.

    —Leon...—

    —No entres en mi habitación, ni ahora ni nunca—. La esperanza se desmoronó.

    —¿Es una amenaza?—, preguntó.

    Él giró el picaporte y, antes de entrar, sonrió.

    —Es un consejo, falena..