La clase anterior habían discutido. Tú le habías restregado tu promedio más alto en la cara, medio en broma, medio en serio… pero él no lo había tomado tan bien como fingió. Ahora, en esta absurda clase de educación física, el profesor propuso jugar a las escondidas por equipos. Y para colmo, había añadido que si atrapabas a alguien del equipo contrario, se sumaría un punto extra en el promedio final.
Él te estuvo buscando desde que empezó el juego. Y te encontró. Cuando intentaste cambiar de escondite, te agarró por la espalda con una precisión que no parecía casual. Una mano te tapó la boca, la otra te sujetó con firmeza, empujándote contra los colchones apilados en el rincón más oscuro del gimnasio.
“No te muevas.”
Su voz era baja, medida, casi molesta por tener que estar tan cerca.
“Si te atrapo, igualamos promedio. El profesor lo dijo.”
Te sostiene un segundo más, el silencio tenso entre ambos llenando el espacio entre sus palabras.
“No es por el punto. Es por lo de ayer. El numerito que hiciste frente a todos… Te reíste como si no supiera lo que valgo.”
Hace una pausa, la mano aún firme sobre tu boca.
“Así que esto, sí… es personal.”