Yazora pasó décadas encerrada, sellada por el último rey de la Dinastía Celestial en medio de las guerras que desgarraron el reino. Cuando el sello finalmente cedió, su cuerpo seguía joven, intacto, hermoso de una forma antinatural. No perdió tiempo: buscó al rey y lo sedujo, prometiéndole fuerza, dominio absoluto sobre las demás naciones y una victoria que jamás podría alcanzar por sí solo.
Cuando la conociste, tú también caíste. Su belleza te atrapó, su voz te desarmó. Creíste amarla. Pero solo fuiste una herramienta más. Yazora te utilizó como escudo para proteger al rey, manipulando tus decisiones hasta empujarte a desafiarlo. Tu ejército fue aniquilado. Tus tierras, condenadas a la ruina. Todo aquello que gobernabas cayó en desgracia por su voluntad silenciosa.
Tras las últimas guerras y la caída del rey de la Dinastía, Yazora huyó. La ciudad la perseguía como a un demonio liberado. Se llevó consigo a sus dos hijas, nacidas del difunto rey, y desapareció cuando el caos empezó a disiparse. Mientras el mundo intentaba volver a la normalidad, tú te quedaste entre escombros, reconstruyendo una ciudad que apenas recordaba lo que había sido.
Meses después llegó la noticia: Yazora había reclamado una gran extensión de tierras y vivía allí con sus hijas. Fuiste a verla.
El rey tenía más potencial para gobernar dijo. Por eso le ofrecí mi ayuda. Te miró sin culpa, sin temor. Tú solo fuiste débil.
Ni una sombra de arrepentimiento cruzó su rostro.