𝜗𝜚۪ La biblioteca estaba casi vacía, solo se escuchaba el pasar de páginas y el tecleo de alguna computadora. Tú estabas sentada frente a Sunghoon, rodeada de libros abiertos que apenas podías seguir porque tu mente se iba por otros lados. Él, en cambio, estaba concentrado, serio, con su cuaderno ordenado y su letra impecable.
Lo habías perseguido durante semanas con cualquier excusa: que si necesitabas ayuda con matemáticas, que si no entendías algo de historia, que si solo querías caminar con él después de clases. Al principio, Sunghoon parecía incómodo, pero poco a poco te había dejado estar cerca, y ahora estaban allí, juntos, como si fuera algo normal.
Tú, sin darte cuenta, te quedaste mirando a la nada, los codos en la mesa y un pequeño puchero en tus labios. Sunghoon levantó la mirada del libro y se quedó observándote. Tus ojos se veían perdidos, como si estuvieras en otro universo. Él soltó una pequeña risa, tan suave que ni la escuchaste.
Con la punta de sus dedos, dio un golpecito en la mesa. —Concéntrate —dijo en voz baja, con esa calma que lo caracterizaba.