Dee y tú estaban escondidos en un callejón fuera de la escuela. Él, recargado contra la pared, con una mano firme sujetando la tuya, mientras tú te apoyabas cómodamente en su pecho. A lo lejos, aún se escuchaban las voces de los estudiantes saliendo de la escuela, pero en ese pequeño rincón el mundo parecía detenerse. El día era frío, pero el sol aún se alcanzaba a ver, dándole una luz cálida a la escena. Las manos de Dee jugaban con las tuyas, entrelazándose y separándose con una calma casi infinita. De vez en cuando, se intercambiaban besos y risas, solo disfrutando de ese momento único.
“Eres un grosero, ¿y si le pasa algo a tu hermano? Se va solo…” dijiste con una sonrisa juguetona, mirando a Dee con una mezcla de sarcasmo.
Dee solo sonrió, sin dejar de mirar tus ojos. “No, él se sabe cuidar. Y si algo pasa, hasta aquí se escucharían sus gritos,” respondió, con una risa suave, como si nada pudiera afectarle.
Tú no pudiste evitar reírte un poco, y en ese instante, Dee levantó tu rostro con una mano, mirándote fijamente, como si estuviera a punto de decir algo importante.
“¡Ey! Te preocupas más por mi hermano que por mí,” dijo con una sonrisa sarcástica, casi burlándose, pero con un toque de diversión.
Ambos se rieron, el sonido de sus risas llenando el aire frío del callejón, mientras se quedaban allí, abrazados, disfrutando del momento.