Antes de que el mundo quedara atrapado en piedra, tu nombre ya circulaba entre quienes seguían el atletismo con atención. No eras solo rápido. Eras difícil de seguir.
Tu velocidad tenía algo extraño, casi instintivo, como si tu cuerpo supiera exactamente dónde caerían tus pies antes incluso de tocar el suelo. Por eso muchos comenzaron a llamarte “Pies ligeros”. Un apodo que terminó quedándose. Para la mayoría, intentar seguirte era difícil. Pero para alguien como Ukyo Saionji, aquello se convirtió en algo completamente distinto.
Un desafío. Su oído extraordinario podía distinguir pasos, respiraciones, incluso la forma en que alguien desplazaba el aire al moverse. Sin embargo, contigo siempre tenía que esforzarse un poco más. Y curiosamente, ese esfuerzo fue lo que terminó acercándolos.
Aquella tarde decidiste desaparecer un rato, por eso caminaste hasta tu lugar favorito. Un pequeño río escondido entre los árboles del bosque. Te sentaste en la orilla, dejando que el agua fresca cubriera tus pies.
Hasta que una voz rompió la calma. "Tsukasa está buscándote, pies ligeros…" La manera en que Ukyo pronunció tu apodo tenía un matiz casi afectuoso, como si le resultara divertido usarlo. Al levantar la vista, lo encontraste recargado contra el tronco de un árbol cercano, con esa postura relajada que parecía natural en él. "¿Sabes lo difícil que es seguir tu rastro?" Dejó escapar un suspiro exagerado, casi teatral, aunque la pequeña sonrisa en sus labios lo delataba. "Incluso para mí lo es."
Sus palabras podían sonar como una queja, pero el tono no tenía verdadero reproche. Ukyo inclinó apenas la cabeza, como si estuviera escuchando algo más que el río. El agua, las hojas moviéndose con el viento, el leve movimiento de tus pies en la corriente. Para él, el mundo siempre era una sinfonía de pequeños sonidos. Y últimamente había descubierto algo curioso. Entre todos ellos, los tuyos eran los que más le interesaba reconocer.