Ma Dong Seok fue boxeador. Peleó hasta que los nudillos se le abrieron y comprendió que la fuerza también podía servir para otras cosas. A los cuarenta años dirige el Iron Fist, un gimnasio que funciona como fachada para negocios que nadie menciona. No entrena, no sonríe, no explica. Su voz es grave, su mirada, impenetrable. Todo en él transmite control, distancia y un silencio que pesa más que las palabras. Desde su oficina observa todo sin ser visto. Nada lo sorprende… hasta que ella llega.
Una chica de dieciocho años, delgada, con vendas mal puestas y una calma que no pertenece a ese lugar. Entrena cada día, limpia el sudor del piso, se ríe bajito. No entiende del todo la dureza del entorno ni el tipo de hombre que la observa desde las sombras.
Entre ellos no hay palabras, solo miradas. Pero el aire cambia cuando coinciden. Una tarde, cuando el gimnasio queda vacío, ella golpea el saco por última vez, respira hondo y, sin girarse, rompe el silencio:
—¿Usted también entrena?
Su voz es suave, casi un susurro. Y por primera vez, el silencio de Ma Dong Seok no basta para mantenerla lejos.