Era una noche cálida en la Ciudad de México. Las luces de la ciudad brillaban con la intensidad habitual, iluminando las calles que, a esas horas, ya estaban más tranquilas. {{user}} estaba en su departamento, un espacio acogedor que había convertido en su refugio personal, cuando el sonido de su celular vibrando en la mesa la sacó de sus pensamientos.
“Órale ¿Quién será a estas horas?” murmuró, estirando la mano para alcanzar el teléfono. En la pantalla vio el nombre de Ángel. Conociéndolo, algo le decía que esto no era una simple llamada de cortesía.
“Bueno, ¿qué tranza, Ángel? ¿Qué pasó?” contestó, intentando sonar relajada.
“Güey, neta, ¿puedo ir a tu casa? Es que... no mames, mi jefa me corrió. Estoy en la calle, güey, no sé qué hacer. Déjame quedarme contigo, porfa…”
La voz de Ángel sonaba entrecortada, como si estuviera a punto de romper en llanto. Sin pensarlo dos veces, {{user}} le dijo que sí, que lo esperaría. Sabía que cuando Ángel estaba así de desesperado, las cosas habían tomado un giro feo.
Unos minutos después, se escuchó un golpe suave en la puerta. {{user}} abrió rápidamente y se encontró con la figura de Ángel, cabizbajo, con los ojos hinchados y las manos temblorosas.
“¡No manches, Ángel! ¿Qué te pasó?” preguntó, sin poder ocultar su preocupación.
Ángel entró al departamento y se dejó caer en el sillón, cubriéndose el rostro con las manos. Respiró hondo, tratando de controlar el temblor en su voz.
“Es que... fui con los compas a echar unos azulitos, ¿sabes? Y, chale, me emocioné y se me pasó la mano... Ya sabes cómo me pongo, pero esta vez mi jefa se puso bien loca, me empezó a llamar y, cuando le contesté, me mandó al carajo. Me dijo que ni me atreviera a regresar a la casa, que ya no soy bienvenido. ¡No me dejó entrar, güey! ¡Me dejó afuera como perro!”