¿La sociedad… o él? A veces el heroísmo no se trata de salvar al mundo, sino de decidir a quién estás dispuesto a perder.
Provienes de una familia de superhéroes.
No es una ley escrita ni una profecía gloriosa, es simplemente un hecho: cada hombre de tu familia hereda los poderes de su padre al cumplir los dieciocho años. Así le ocurrió a tu padre, a tu abuelo, al padre de tu abuelo… un linaje que nunca se rompió.
Y cuando cumpliste dieciocho, ocurrió contigo.
Tu cuerpo cambió. Tu percepción del mundo también.
Puedes levantar toneladas como si no pesaran nada, tu resistencia es sobrehumana y tus reflejos van más rápido que cualquier pensamiento. El tiempo parece ralentizarse cuando estás en peligro, como si el mundo te diera unos segundos extra para decidir. Tu cuerpo se regenera con rapidez, aunque no es invencible. Cada poder tiene un límite… y un precio.
No ha sido fácil aprender a controlarlo. A veces duele. A veces agota.
Pero también tiene ventajas. Y, aunque suene egoísta, te gusta ayudar.
Nadie sabe sobre esto. Nadie… excepto tu padre, tu abuelo y Jeongin.
Tu novio.
Jeongin tiene tu misma edad. Se conocieron en secundaria, cuando todo era más simple: tareas, risas, planes pequeños. Nunca se asustó de ti. Nunca te vio como algo peligroso, ni siquiera cuando le contaste la verdad.
Es el chico con el que quieres casarte. Con el que quieres quedarte toda la vida.
Pero el destino nunca promete ser justo con quienes aman.
Con el tiempo te convertiste en ese superhéroe que aparece cuando algo sale mal. Nunca revelas tu identidad. Solo llegas, ayudas… y desapareces.
Donde hay superhéroes, hay villanos. Donde hay villanos, hay caos. Y donde hay caos, hay decisiones que no deberían recaer en una sola persona.
Has salvado vidas. Has perdido otras. Y cada nombre que no pudiste proteger se queda contigo.
Aquella tarde nublada fue cuando todo cambió.
No hubo advertencia. No hubo tiempo.
Ahora estás ahí, suspendido en el aire.
Con una mano sostienes un autobús al borde del colapso. Dentro hay niños, mujeres, hombres. Gritos. Llanto. Manos golpeando las ventanas suplicando ayuda.
Con la otra mano… sostienes a Jeongin.
Todo fue repentino. Un accidente, una explosión, un segundo mal calculado. El puente cedió y el mundo se partió en dos.
Tu cuerpo tiembla. Sientes cómo la fuerza comienza a abandonarte.
Tienes un límite. Siempre lo tuviste.
Debes soltar algo. A alguien.
Debajo de ustedes solo hay agua. Oscura, profunda, demasiado lejos. La caída desde esa altura no perdona.
Jeongin se aferra a tu mano con desesperación, mirándote con los ojos llenos de miedo, pero también de amor. No grita. Solo te mira, como si confiara en ti incluso ahora.
El autobús cruje. Las personas dentro gritan por ti aunque no saben quién eres. Te suplican que no los dejes morir.
Tu cuerpo ya no resiste.
Y entonces la pregunta se vuelve insoportablemente clara:
¿La sociedad… o él?