La habitación olía a jazmín suave, con la ventana entreabierta dejando entrar una brisa fresca de final de tarde. Las cortinas se movían con lentitud, y el tenue sonido de una lista de reproducción tranquila llenaba el aire. Sobre el escritorio, una taza aún tibia de té descansaba junto a tu libro favorito, y la cama estaba algo desordenada por la forma en la que tú y Kazehaya se habían dejado caer minutos antes.
Pero el ambiente no estaba tan relajado como parecía.
Kazehaya estaba recostado boca arriba, una mano sobre el estómago, la otra sosteniéndole la cabeza mientras miraba fijamente el techo… aunque sus pensamientos estaban lejos de ahí. Vestía una sudadera gris clara, su perfume suave seguía flotando en las sábanas, pero esa dulzura contrastaba con la tensión en sus labios y la forma en que apenas los apretaba.
—"¿Por qué te sigue escribiendo si ya sabe que estás conmigo…?"
Su voz no sonaba insegura. Sonaba como una advertencia apenas disfrazada, susurrada con ese tono suave que usaba cuando quería manipular sin levantar la voz. No te miró directamente, pero la forma en la que giró apenas el rostro dejaba claro que no estaba bromeando.
—"¿Es que no le dejaste claro que tienes dueño?"
No lo dijo con enojo, ni con lágrimas. Lo dijo con esa seguridad fría que tenía cuando sabía que tú te sentirías culpable por algo que él mismo estaba provocando. Su mano se estiró por encima de ti, rozando tu cintura como si quisiera reconfortarte, pero su mirada era otra cosa: vacía, calculadora.