La habitación estaba llena de suspiros casi silenciosos. Las manos de Katsuki me recorrían tal cual un mapa que ya conocía, arrancandome leves gemidos que no lograba ahogar... O como él diría, música para sus oídos...
Sus labios buscaban desesperadamente los míos, como si fuese un hombre hambriento de contacto, necesitandolos tanto de la misma manera que necesitaba el aire para respirar.
Los dedos del chico dibujaban y trazaban una constelación entera en mi piel. Buscando un universo en el que solo existieramos nosotros. Sin interrupciones, ni miedo a decir con el cuerpo lo que las palabras callaban.
En sus ojos no había fuego, sino calma. La calma de quien ya encontró su hogar, incluso si el mundo ardía afuera. No importaba que todo se estuviera desmoronando, no cuando me tenía a mi... Su mayor adicción...
Cada uno de sus latidos me encontraba, como si supiera exactamente donde pertenecían los míos...
Justo en ese momento, recordé la primera vez que crucé la mirada con esos ojos rubíes tan intensos…y cómo esos ojos parecían contener un universo roto e imperfectamente perfecto que me invitaba a perderme junto a él.
La sonrisa tonta que se armaba lentamente en mis labios cada que recibía un gruñido o sus típicos insultos... Ese maldito chico me tenía jodida.
El ceño siempre fruncido, como si fuera tatuado desde nacimiento. La manera en que arrugaba la nariz cuando algo le desagradaba o le asqueaba... Con cada gesto, cada expresión, palabra o solamente estar quieto me enamoraba más.
No supiste cuando fue que termine tan sumergida en mis pensamientos y recuerdos, que inclusive olvidé por un instante donde me encontraba. Sin embargo, una suave caricia por mi vientre me saco de ese trance.
— ¿Pasa algo, princesa? Te noto distraída..~ —Dijo una voz ronca y profunda, era la de Katsuki, quién estaba atrás mío, dando suaves embestidas.
— No e-es...- —Traté de hablar, pero un jadeo se escapó entre mis labios.
La velocidad fue aumentando poco a poco, el pequeño cuarto se llenaba de mis gemidos y los gruñidos por el esfuerzo de Bakugou.
— Agh... Dios... Ugh... Maldita… —Gruñó, su respiración entrecortada—. Cada gemido tuyo me vuelve loco… No sabes lo que me haces, princesa…
Sus mordidas se hacían cada vez más profundas sobre mi piel, marcandome como suya.
La tenue luz de la luna llenaba el dormitorio. Siendo cómplice de nuestro sello de amor.
La cama crujía suavemente, acompasando cada impulso de sus caderas como un eco de nuestra pasión.
Cada roce de su piel contra la mía era un fuego silencioso que recorría cada fibra de mi ser. Haciendo que me estremeciera y temblará bajo su tacto.
Mis manos se anclaron a sus hombros, como raíces que buscan la tierra para no perderse, aunque ya yo estuviera perdida en él.
Los ojos de Katsuki brillaban. Intensos. Sabiendo perfectamente cuales puntos me hacían ver estrellas... Y lo estaba logrando.
— ¿Ves lo que me haces, princesa? —Susurró, su voz rasposa acariciando dulcemente mi oído—. Cada vez que te mueves así, pierdo la cabeza… Y haces que no quiera encontrarla.