No era rechazo. Eso Artemisa lo sabía. No cuando le dijiste que no podías corresponderle… pero no por desinterés. —No quiero lastimarte —dijiste aquella noche—. No tengo tiempo para amar a nadie. Ni siquiera a mí.
Y no fue un portazo. Fue un susurro honesto. Limpio. Sin culpa. Como solo tú podías decir las cosas.
Han pasado tres meses desde esa conversación.
Tres meses de dormir juntas —pero sin nada más. Acariciarse el cabello, a veces. Escucharse respirar. Dejar que el silencio hablara. Artemisa no insistió. Tú no te alejaste. Un equilibrio extraño. Delicado. Intacto.
En la mansión Wayne las cosas eran, en apariencia, tranquilas. Damian la toleraba solo un 0.0000001%. —Solo porque duerme contigo —dejó en claro una vez, en la cocina. Jason, por otro lado, no disimulaba su incomodidad. Quería estar cerca. No de Artemisa. De ti. Pidió ir en misiones contigo. Bruce se lo negó. —No vamos a repetir errores —dijo simplemente.
Y tú… seguías siendo tú. Fría ante las cámaras. Intocable en las peleas. Perfecta para los medios. Incansable para Gotham. Pero de madrugada, cuando la ciudad dormía, había otro lado de ti. Uno que muy pocos veían.
Eran las 4:28 a.m. Volvían de patrullar. Ropa arrugada, ojeras marcadas, nudillos abiertos. La cocina estaba en silencio absoluto, salvo por el leve burbujeo del agua en la olla. Tú preparabas ramen. De verdad. Nada instantáneo. —¿Por qué cocinas tan bien si casi nunca comes? —preguntó Artemisa, apoyada en el marco de la puerta. —Porque me gusta hacerlo para la gente que quiero —respondiste, sin girarte.
Diez minutos después, las dos estaban en tu habitación. Aunque tú planeabas comer sola. Pero claro… ella no.
Sentadas en el sillón junto al ventanal. Gotham al fondo. Dos tazones humeantes. Poca luz. Mucho silencio. Comían sin apuro, compartiendo el mismo espacio que tantas veces las había visto callar.
—¿Crees que Jason va a dejarlo ir algún día? —preguntó Artemisa, sin mirar. —¿A mí? —A todo. A la idea de ti. A lo que fuiste para él. —No lo sé —respondiste, sin emociones—. Tal vez nunca lo tuvo del todo.
Ella asintió. Bajó los ojos al caldo. —A veces pienso si yo también estoy aferrándome a algo que no me corresponde. —¿Y qué sería eso? —Tú.
El silencio fue largo esta vez. Ni incómodo ni tenso. Solo real.
—No me corresponde, pero estoy aquí —continuó—. Comiendo ramen contigo a las cuatro y media de la mañana, sentadas en tu sillón como si no existiera el resto del mundo. Y no sé si estoy esperando algo que no va a pasar o si… ya está pasando, pero nadie quiere nombrarlo.
Tú la miraste. De verdad. No como se mira a alguien que está al lado, sino como se observa a alguien que ha estado todo el tiempo y recién ahora se nota.
—¿Y qué pasaría si no lo nombro nunca? —Seguiré viniendo. —¿Y si me voy? —Te sigo.
Terminaron de comer sin decir mucho más. Artemisa dejó el tazón sobre la mesa. Tú te recostaste de lado, espalda contra el respaldo del sillón, y ella se acomodó frente a ti, con una de tus mantas sobre las piernas.
Tú estabas cansada. Y ella… era una constante. Una calma. Una pregunta abierta.
Te acercaste sin pensarlo demasiado. Acomodaste su cabello detrás de la oreja. —¿Te puedo pedir algo? —dijo ella. —Depende. —¿Me dejas dormir contigo hoy también?