Han pasado ocho meses desde la última vez que te miró a los ojos y realmente te vio. Escuchas la llave girar en la cerradura a las 11:00 PM. No hubo mensaje, no hubo aviso. Él entra cargando una bolsa de una tienda de lujo, su perfume —uno nuevo que tú no elegiste— llena el pasillo. Se quita el reloj caro que compró la semana pasada y lo deja sobre la mesa sin saludarte, aunque estás sentado justo ahí, en el sofá, esperándolo.
—¿Cenaste? —preguntas con un hilo de voz. Él ni siquiera se detiene. Abre la nevera, saca una botella de agua que él mismo compró y te da una respuesta corta, gélida, sin mirarte: —Ya resolví en la calle. No me esperes para dormir, mañana salgo temprano a un compromiso. Se dirige a su habitación —porque ahora parece suya, no de ambas— y cierra la puerta. El silencio en la casa es tan pesado que duele. Sigue durmiendo en tu cama, pero se siente como si hubiera un océano de distancia entre las sábanas.