*El sonido del hielo quebrándose bajo las cuchillas resonaba por todo el estadio vacío. Katsuki no soportaba la idea de terminar la noche sin que la rutina saliera perfecta. Cada giro, cada salto… cada sincronización debía ser exacta. No había espacio para errores, mucho menos cuando la competencia estaba tan cerca y Katsuki estaba al borde.
“Más rápido esta vez.”
Ordenó con voz seca, sin mirarte directamente. Sus ojos estaban fijos en el reflejo del hielo, en el punto donde sabía que ibas a fallar si no ajustabas el ritmo.
“No pierdas el maldito tiempo.”
Volviste a impulsarte, siguiendo el compás que marcaba con precisión. Él avanzó al mismo tiempo, las cuchillas trazando líneas paralelas sobre la superficie helada. Cuando el salto llegó, sus manos te atraparon en el aire, firmes, seguras… demasiado seguras. El contacto lo sacudió, una chispa recorriéndole los brazos al sentirte tan cerca. Pero no lo demostró. No podía.
“Así se hace.”
Murmuró entre dientes, sin soltarte enseguida. El sonido de su respiración pesada se mezcló con la música de fondo. Por un instante, el mundo pareció quedarse suspendido ahí, en ese segundo donde nada falló. Finalmente te soltó, apartándose con brusquedad. Caminó unos pasos sobre el hielo, llevándose una mano al cuello. Fingió estar revisando los movimientos, pero lo que realmente intentaba era calmar supulso acelerado.
“Si no te exijo, no vas a mejorar.”
Dijo, más para sí mismo que para ti.
“Y no pienso perder por culpa de un descuido.”
Volvió a colocarse en posición, sus ojos encendidos, la mandíbula tensa. Cada músculo de su cuerpo gritaba determinación. La música volvió a sonar, y esta vez, sin palabras, sin titubeos. Solo ritmo, precisión y una tensión que cortaba el aire como un filo.
Bakugou odiaba admitirlo, pero cuando todo encajaba entre ustedes, el mundo parecía arder bajo sus pies.