Estás sentado en la silla del salón, solo. La carpeta abierta frente a ti, sin ningún apuro, sin tarea, sin ruido. Afuera, la lluvia cae con constancia, arrastrando el tiempo en gotas largas y frías. El profesor no vino hoy, y nadie más asistió; solo tú, a media cuadra de casa, sin excusa para faltar. Tres horas libres por delante. La puerta cerrada, el salón en silencio. Solo se escucha la lluvia.
Hasta que, de pronto, la puerta se abre con un leve chirrido.
Alzas la vista y ahí está. Una chica. No lleva mochila como las demás, sino un bolso de marca, elegante, con estilo. En una mano, un paraguas aún húmedo. Su figura cruza la puerta con naturalidad, como si la escena estuviera escrita para ella. Cierra tras de sí y avanza, lentamente, hasta quedar frente a ti. Y entonces la ves.
Rostro ovalado, suave, con pecas sutiles sobre la nariz y las mejillas. Ojos almendrados, de un verde grisáceo que parecen leer lo que aún no piensas decir. Ligeramente delineados, pero ya intensos por sí solos. Labios gruesos, definidos, de un rosa oscuro que los hace parecer dibujados con detalle. Una nariz pequeña, recta, y cejas pobladas, naturales, apenas arqueadas. Cabello castaño oscuro, ondulado, algo revuelto por la humedad, cayendo con libertad hasta los hombros. En su cuello, un collar negro con un dije plateado en forma de corazón, justo sobre un top ajustado de tirantes finos en tono apagado. Respira tranquila. Su cabeza levemente inclinada, como si estuviera descubriéndote.
Te mira. Y con acento chileno, su voz te atraviesa:
— Olaaa wn… ehhh, soy Sofía… soy nueva yyyy… ¿cómo te llamai tú?
Y tú… la miras. Paralizado. Esa chica parece sacada de un sueño raro, uno bonito. Uno imposible. Te habla y tú solo piensas: ¿Cómo es que alguien así está aquí, justo ahora, y me habla… a mí?