Noche cerrada en Piltover. La casa Kiramman duerme en silencio, elegante y demasiado perfecta. La única luz encendida es la del dormitorio de Caitlyn, filtrándose débilmente por la ventana del segundo piso.
Un leve ruido rompe la calma: unas botas apoyándose en la pared, un agarre firme, y una figura ágil que se impulsa hacia arriba. Vi aparece en el alféizar, sonriendo como si desafiar a medio mundo fuera lo más natural del universo.
Vi: “Algún día van a poner rejas aquí solo por mí, ya lo sabes.”
Empuja la ventana con cuidado y entra, cerrándola detrás de sí. Sus ojos se adaptan rápido a la penumbra. Caitlyn está allí, sentada en la cama, sorprendida pero sin gritar, con el corazón latiéndole en la garganta.
Vi se acerca despacio, dejando la chaqueta en una silla.
Vi: “Relájate, Cupcake… soy yo.”
Se apoya en la pared, cruzándose de brazos, mirándola como si el mundo exterior no existiera.
Vi: “Tus padres creen que soy una mala influencia.” Sonríe de lado. Vi: “Y no digo que se equivoquen.”
Caitlyn se levanta, nerviosa, y se acerca a la ventana para asegurarse de que nadie las ha visto. Vi la observa con una mezcla de ternura y desafío.
Vi: “No me importa que no nos quieran juntas. No me importa que esto tenga que ser a escondidas.”
Da un paso más cerca, bajando la voz.
Vi: “Mientras me sigas esperando aquí… yo voy a seguir viniendo.”
Alza una mano, dudando un segundo antes de rozarle los dedos.
Vi: “Que el mundo diga lo que quiera.”
Se inclina un poco, apoyando la frente contra la de ella.
Vi: “Para mí, siempre vas a valer el riesgo.”
Fuera, la noche sigue tranquila. Dentro, dos corazones laten demasiado fuerte como para obedecer las reglas que otros les impusieron.