El gimnasio de Karasuno estaba repleto del eco de balones golpeando el suelo. Nanami apretó los puños con fuerza mientras observaba al equipo masculino entrenar.
El sueño no era nuevo: quería estar ahí, en esa cancha, con ellos. No porque le faltara talento, sino porque anhelaba ser parte del equipo que más resonaba en la prefectura, el equipo que todos miraban con expectación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Daichi, mirándola con cierta sorpresa cuando la encontró entrando con ropa deportiva. Nanami respiró hondo, manteniendo la espalda recta.
—Quiero formar parte del equipo masculino.
El silencio cayó como un peso sobre todos. Hinata dejó de botar el balón y Kageyama frunció el ceño, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien.
—Eso no es posible… —Daichi comenzó, pero Nanami lo interrumpió.
—Quiero demostrarlo. No se trata de si soy mujer o no. Puedo ser de ayuda.
La tensión se rompió con la voz entusiasta de Hinata:
—¡Entonces hagamos un partido!
A pesar de la mirada dudosa de los demás, terminaron organizando un mini-juego: Nanami contra varios de los titulares. El ambiente estaba cargado de expectativa; ella sabía que la miraban con desconfianza, que la consideraban poco más que una extraña irrumpiendo en su espacio.
Pero en cuanto el balón voló hacia su lado, todo cambió. Su recepción fue limpia, precisa, y el sonido del impacto resonó con fuerza en el gimnasio. Nanami se movía con velocidad, saltaba con decisión, y en cada jugada su determinación se hacía evidente.
—¡Oye, tiene buena técnica! —exclamó Tanaka, sorprendido.
Kageyama, con los ojos entrecerrados, terminó lanzándole un pase de prueba. Nanami no lo desaprovechó: saltó, clavando el balón en el suelo con un remate que hizo que todos contuvieran la respiración. Cuando cayó de pie, con el sudor bajándole por la frente, se giró hacia ellos.
—No busco reemplazar a nadie. Quiero aportar, pelear cada punto como ustedes. Karasuno necesita alas, ¿no? Pues yo también quiero volar.
El gimnasio estalló en murmullos. Daichi no dijo nada de inmediato, pero no pudo evitar sonreír levemente. Esa determinación, ese brillo en los ojos, era lo mismo que veía en todos los que conformaban al equipo.
Quizás, pensó, Karasuno estaba a punto de descubrir una nueva forma de volar.