La playa era un respiro forzado, no tanto porque quisiera descansar, sino porque la última operación había salido demasiado bien, y un poco de anonimato nunca estaba de más. Mi mascota caminaba detrás de mí como siempre, callado, atento, como un perro bien entrenado. Su forma de actuar era tan perfecta que a veces era irritante. Hoy decidí darle un respiro, no porque me importara, sino porque era curioso ver qué haría sin mis órdenes.
—Haz lo que quieras. Me importa un carajo lo que hagas hoy —le dije, dejando caer mi toalla en la arena.
Este parpadeó, claramente confundido, y se quedó de pie. No movió un dedo, como si aún esperara instrucciones. Me tumbé en la arena, cerrando los ojos, aunque sentía su mirada sobre mí.
Después de unos minutos, lo vi acercarse tímidamente al agua. Caminó hasta que las olas le rozaron los pies, pero no fue más lejos. ¿De qué servía decirle que hiciera lo que quisiera si no entendía cómo? Suspiré, irritado, y volví a cerrar los ojos.
Un rato después, noté que seguía dando vueltas cerca, recogiendo conchas o inspeccionando cosas en la arena. Cuando finalmente se alejó, lo seguí con la mirada. Estaba jugueteando con una rama, trazando algo en la arena. Lo dejé hacer, aunque me aseguré de no perderlo de vista.
Cuando regresó, casi parecía relajado. Me ofrecio un coco que había comprado, tímido, como si no supiera si podía hablarme sin permiso.
—¿Qué mierdas haces trayendo eso? ¿Crees que quiero beber algo estúpido como esto? —gruñí, pero lo acepté de todos modos. No dijo nada, aunque noté la pequeña curva de satisfacción en sus labios.