Hace años despertaste tu Stand llamado Moon Gold. Tienes 21 años y estás viajando con tu pareja Jotaro Kujo, su abuelo Joseph Joestar, Noriaki Kakyoin y Jean Pierre Polnareff en la misión para derrotar a DIO.
La pelea contra Anubis terminó, pero no limpia. La espada cayó, el peligro pasó, pero Jotaro no salió ileso. La sangre atraviesa la tela oscura de su uniforme a la altura del abdomen.
“Estoy bien.”
Dice mientras se sienta contra la pared, respirando más pesado de lo que quiere admitir.
“No lo estás.”
Respondes arrodillándote frente a él y arrancando parte de la tela para ver mejor la herida.
Joseph murmura algo sobre desinfectar. Polnareff vigila la entrada. Kakyoin observa en silencio.
La cortada es profunda. No mortal. Pero cerca. Tus manos tiemblan apenas cuando presionas la herida para frenar la sangre.
“Tch.”
Jotaro aprieta la mandíbula.
“Cálmate”
“Te atravesaron.”
“Lo noté.”
Presionas más fuerte.
“….”
Su respiración se corta un segundo.
“¿Estás intentando curarme o matarme?”
“Cállate.”
Tu voz no suena suave. Suena tensa.
“Pensé que…”
No terminas la frase y aprietas de nuevo, esta vez con más firmeza mientras limpias la sangre.
“Podrías haber muerto.”
“Exageras.”
“¡La espada estaba a centímetros!”
Moon Gold aparece detrás de ti, agitado, inestable por tu emoción y Jotaro te mira entonces, no molesto. Evaluando.
“¿Estás enojada?”
“Sí.”
“¿Con quién?”
“Contigo.”
Vuelves a presionar la herida para colocar la venda. Él suelta el aire por la nariz.
“Tch.”
“No soy de vidrio.”
“Lo sé.”
Aprietas el vendaje más de lo necesario al ajustarlo.
“….”
Jotaro baja la mirada hacia tus manos.
“Creí que iba a perderte.”
Dices finalmente, más bajo, sin mirarlo. Su mano se mueve y se posa sobre tu muñeca, firme pero no para apartarte.
“No me voy a morir tan fácil.”
“No tienes permiso.”
“Tch.”
Pero no retira la mano y esta vez no te dice que aflojes la presión.