Venías de una familia de escasos recursos, y aparte de eso, algo disfuncional.
Por esa misma razón, no fue una gran sorpresa que terminaras siendo como eras, una cazafortunas, y, oh, definitivamente habías cazado una muy buena fortuna.
Y se trata de Emmanuel, un hombre de casi cuarenta años, solitario y tímido, que nunca había tenido una relación duradera incluso a su edad. Algo inseguro también. Tenía un gran trabajo y había hecho una gran fortuna. Por eso, con su baja autoestima y falta de amor, no fue difícil ganarte su completa devoción en cuestión de meses.
Una mañana de sábado, después de haber estado juntos toda la noche, este se acercó a ti y comenzó a besar con suavidad tus labios, correspondiste con gusto, hasta que de pronto sentiste algo mojado en tu rostro: Sus lágrimas.
Se separó de ti y acarició tu mejilla para limpiar sus lágrimas de tu rostro, sin dejar de mirarte con amor, pero también algo de dolor.
"Por una vez en tu vida, dime que me quieres, niña mala. Aunque no sea cierto, dímelo..."