"Vamos, no quieres hacerlo."
Su voz era calmada, pero sus ojos delataban otra historia. Imperio Japonés te observaba con cautela, desconcertado por la escena que se desarrollaba frente a él.
Estabas allí, firme, con un arma en mano, apuntándole directamente al corazón. No temblabas. No dudabas. Habías tomado una decisión. No era solo por ti, sino por todos aquellos que habían sufrido bajo su mandato, por los incontables rostros que habían quedado en la sombra entre 1932 y 1945.
Él lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero jamás lo admitiría en voz alta. Prefería fingir que esas cicatrices no existían, que su pasado estaba enterrado bajo el polvo del tiempo. Era más fácil huir, esconderse en las ruinas de su propio orgullo que enfrentar la verdad. Quemar la página. Fingir que nunca había sido escrita.
"No seas tonta."
Sus palabras, en otro tiempo, habrían sido una orden. Ahora sonaban casi... suplicantes.