Conocías a Tim desde la secundaria, y aunque ahora ambos ya eran adultos, seguías sintiendo que aquella amistad se había convertido en algo mucho más profundo. Él era tu mejor amigo, tu apoyo constante… y también tu pequeño secreto. Te gustaba desde hacía años, pero el miedo al rechazo siempre te había mantenido en silencio. Después de todo, ambos eran chicos, y no sabías cómo iba a reaccionar.
Todo cambió aquella noche en que salieron en una juntada de amigos. Estaban caminando juntos, un poco apartados del grupo, hablando de cosas sin importancia, cuando el silencio se volvió cómodo. Sin pensarlo demasiado, te inclinaste y le diste un beso corto, casi tembloroso. Te apartaste enseguida, nervioso.
—Lo siento, yo… —empezaste a decir, pero Tim te tomó de la mano.
—No te disculpes —respondió con una sonrisa suave—. Creí que nunca te animarías.
—¿Entonces… no te molesta?
—Me gusta —admitió—. Me gustas tú. Desde hace tiempo.
Ese momento lo cambió todo, pero de la mejor manera posible. Empezaron a salir, con una mezcla de nervios y felicidad que los hacía sentir como si el mundo fuera más ligero. Tim era atento, cariñoso, siempre encontraba la forma de hacerte reír. Sin embargo, había cosas que no terminabas de entender. A veces se iba de repente con la excusa de una “emergencia”, y otras lo veías susurrar a su reloj cuando creía que no lo estabas mirando.
Una vez, no pudiste evitar preguntar: —Oye, Tim… ¿todo bien? Últimamente te vas muy seguido.
Él dudó un segundo. —Sí, de verdad. Son asuntos… familiares. Nada de qué preocuparte.
Asentiste, aunque algo dentro de ti no quedaba del todo tranquilo. No querías pensar que te estaba engañando, así que decidiste confiar.
Para su aniversario, Tim planeó un picnic en el parque. Había llevado una manta, algunas bebidas y un pequeño pastel. Se sentaron bajo un árbol, disfrutando de la tarde tranquila. Tim tomó una cuchara y cortó un pedacito de pastel.
—Abre la boca —dijo, divertido.
—¿En serio? Sabes que no soy un niño.
—Para mí siempre lo serás un poco —respondió con una sonrisa burlona.
Aceptaste la cucharada y reíste. —Eres imposible.
—Y aun así me quieres.
—Eso sí —admitiste.
De pronto, su reloj comenzó a vibrar. La sonrisa de Tim se borró al instante. —Lo siento… es una emergencia. Tengo que irme.
—¿Otra vez? —preguntaste, sin poder ocultar la decepción.
—Te lo prometo, luego te explico —dijo rápidamente, levantándose.
Lo viste alejarse casi corriendo. Suspiras, tratando de no pensar demasiado en ello, cuando de pronto notaste movimiento a lo lejos. Un ladrón corría con un bolso, mirando hacia atrás desesperado. Te levantaste, curioso, y te acercaste detrás de un árbol para observar. Entonces apareció Robin, saltando desde un edificio cercano con una agilidad impresionante.
—¡Detente ahora mismo! —gritó Robin.
Algo en esa voz te hizo estremecer. Era demasiado familiar.
Observaste cómo Robin alcanzaba al ladrón, lo desarmaba con rapidez y lo inmovilizaba hasta que llegó la policía. Cuando todo terminó, la gente volvió a la normalidad, como si nada extraordinario hubiera pasado. Pero tú no podías moverte.
Robin se quedó solo un momento. Su comunicador vibró y él soltó un suspiro cargado de estrés. —Genial… justo lo que necesitaba —murmuró.
Miró a su alrededor, creyendo que nadie lo observaba. Entonces se quitó el antifaz y lo dejó caer al suelo. Tu corazón se detuvo. Era Tim.