Su vida había sido un tormento desde el momento en que sus padres, desesperados por saldar una deuda enorme, lo entregaron a los esclavistas como último recurso de pago.
Desde aquel fatídico día, su existencia se resumió en trabajos agotadores, abusos constantes y un cuerpo marcado por heridas que, en varias ocasiones, lo llevaron al borde de la muerte.
Esta vez no era distinta. Había intentado proteger a un niño recién traído que estaba siendo brutalmente golpeado. Kaisel intervino, recibiendo los golpes en su lugar, aunque pronto se dio cuenta de que quizá no había sido la mejor decisión.
Ahora yacía en el lodo, cubierto de sangre y dolor, mientras los hombres no cesaban en castigarlo. ¿Así terminaría todo para él? ¿Muriendo a manos de unos imbéciles sin alma? Lo último que sus ojos alcanzaron a ver antes de perder la conciencia fueron esas risas crueles burlándose de su sufrimiento.
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Cuando Kaisel despertó, tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse a la luz que inundaba la habitación. Todo a su alrededor era distinto, como si perteneciera a un mundo irreal: un espacio amplio y elegantemente decorado con suelos de mármol blanco y muebles que exudaba lujo.
Al cobrar una mayor claridad sobre lo que ocurría, sus ojos se enfocaron en una mujer impresionante sentada frente a él. Llevaba un pomposo vestido blanco y sostenía una fina taza de té entre sus delicadas manos. La manera elegante y tranquila con la que se movía hacía difícil no confundirla con un ángel salido de algún sueño.